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domingo, 20 de septiembre de 2015

< EL REINO DE LA MOSQUITIA > "El Rey Mosco"

Sabia ud.que en 1641,en tiempos de la Colonia, por la zona del Cabo Gracias a Dios naufrago un barco lleno de esclavos negros que venian de Africa a Panama y cuyo destino final de estos era el Peru y Bolivia?
La mitad de los negros fueron capturados,pero la otra parte se escapo y se interno en la selva,ocultandose y nunca fueron capturados. Se mezclaron con los indios zumos y ramas,y de ahi nacio la denominada etnia zambos,que se propago desde Honduras (garifonas),hasta el Rio San Juan.
Los espanoles descuidaron esta zona,y por eso los ingleses llegaron y tomaron esta costa y se encontraron con un cacique zambo que ellos llamaron rey que dominaba gran parte de esa costa. Se sorprendieron de ver que estaban organizados como en condados o estados federados (comunidades autonomas),con un gobierno central que era el Rey Mosco.
El imperio britanico los organizo mas aun,les enseno el idioma que mezclado con su dialecto "misko" o "mosko",nacio el "misquito",que la gente interpreta como mosquito o zancudo, Los ingleses coronaron rey (confirmaron) a este personaje como el Virrey de los espanoles.
Los zambos moskitos se mantuvieron fieles a los ingleses,a lo mejor se sintieron bien bajo esta cultura. Cuando las guerras de independencia de 1776 de USA,los ingleses reclutaron a miskitos y otros de sus islas del Caribe a luchar contra los insurgentes de las 13 colonias del Norte. Tambien alguien escribe que los miskitos por su propio gusto lucharon contra los espanoles cuando las guerras de Independencia de 1810 en Sudamerica y en Mexico, por el simple hecho de ser enemigos de sus "protectores". Los ingleses ayudaron a estos insurgentes con armas y con gentes de sus colonias.
Rene Silva Sr.

lunes, 17 de marzo de 2014

DE 24 CONFLICTOS INTERNACIONALES SOLO 4 HA GANADO NICARAGUA.

Según Luis Pasos Argüello, en su libro Los Conflictos Internacionales de Nicaragua (1982), entre 1983 y 1960 el país ha vivido 24 conflictos internacionales, de los cuales sólo ha resultado victorioso en cuatro de ellos.

Nicoya y Guanacaste con Costa Rica.

Captura y secuestro del jefe de San Juan del Norte, coronel Quijano, por los ingleses.

Bloqueo a San Juan del Norte por los ingleses.

Ocupación de San Juan del Norte por los ingleses.

Bombardeo de San Juan del Norte por los norteamericanos.

Tratado Cañas-Jerez con Costa Rica.

El incidente Belly. La declaración de Rivas.

La cuestión Allard con Francia.

El asunto Eisenstuck-Leal con Alemania.

El barco Moctezuma con España.

Laudo del Emperador de Austria.

Laudo Cleveland.

Ocupación de Corinto y pago de la reclamación inglesa.

Laudos Alexander.

Laudo del Rey de España.

Reclamo Emery.

Sentencia de la Corte de Justicia Centroamericana de la demanda de Costa Rica.

Sentencia de la Corte de Justicia Centroamericana en la demanda de El Salvador.

Tratado Bárcenas Meneses-Esguerra.

Sentencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

     4 ganados
  • Tratado Webster-Crampton

    La invasión frustrada de Kenney

    El tratado Cass-Irisarri

    Reincorporación de la Mosquitia (1894).

  • NICARAGUA HA PERDIDO MAS DE 30,000 KM2 DE TERRITORIO EN SU HISTORIA.

    La actual disputa fronteriza entre Costa Rica y Nicaragua sobre el río San Juan es un cuento largo que comenzó en 1830, cuando el vecino país desarrolló la producción de café y tabaco, y cuando a falta de puertos en sus costas, utilizaba el río San Juan como ruta de tránsito para sus productos.

    Los recursos naturales que posee Nicaragua han servido de anzuelo para volver ésta en una tierra codiciada por sus vecinos. En los últimos 180 años el país ha sufrido los efectos de al menos 24 conflictos territoriales en los que, según la cuenta de José Reyes, profesor titular y académico del departamento de Historia de la UNAN-Managua, se han perdido 30 mil kilómetros cuadrados de territorio.

    Todo —dice Reyes— ha sido gracias a la irresponsabilidad de los gobernantes de turno, quienes según ha quedado registrado en las páginas de la historia, sin más han aceptado las decisiones de las Cortes Internacionales o han cedido a las dominaciones extranjeras.

    Aunque Luis Pasos Argüello menciona que desde 1823 hasta 1960 Nicaragua había sufrido 24 conflictos internacionales, de los cuales sólo había ganado cuatro, el profesor de historia José Reyes destaca tres como los más importantes debido a la magnitud de los territorios perdidos.


    La Mosquitia. Se trataba de un pedazo de tierra de aproximadamente 12 mil kilómetros cuadrados, ubicado entre el río Coco y el río Aguán. A pesar de que no era un territorio delimitado, tradicionalmente había pertenecido a Nicaragua.
    Fue a partir del siglo XIX que Honduras comenzó a reclamarlo como propio y de ahí surgieron diversos conflictos armados en la zona, hubo roces y enfrentamientos a cada momento.

    “Ése era un territorio en litigio y así aparecía en los mapas de Nicaragua, como “Territorio en Litigio”, pero los hondureños —más vivos— le pusieron “Departamento de Cabo Gracias a Dios”, comenta el profesor Reyes.

    Mapa elaborado por el cartógrafo francés Robelin, en la primera década del siglo XX.
    Ampliar mapa
    Los conflictos armados se mantuvieron hasta que los países en disputa decidieron llevar el caso ante el Rey de España, Alfonso XIII.

    Hasta la fecha, el catedrático de historia duda que el Rey Alfonso XIII haya leído por completo los planteamientos de ambos países, pero al final el Laudo de Alfonso XIII terminó de establecer la frontera entre Nicaragua y Honduras, a partir del Golfo de Fonseca hasta el Río Poteca, afluente del río Coco, pero faltó la otra mitad...

    “Con el transcurso del tiempo y a medida que los gobiernos militares de Honduras y Nicaragua compartían intereses políticos y económicos, eran vasallos del gobierno norteamericano, decidieron someter al fallo de La Haya para que se decidiera si el Laudo del Rey Alfonso XIII era válido o no”, explica Reyes.

    Era 1960, Nicaragua estaba gobernada por Luis Somoza y los Estados Unidos, que ejercía una fuerte influencia en la región, se inclinaban hacia Honduras por sus intereses mineros y caucheros en la zona.

    “Entonces la Corte Internacional de Justicia dijo que el Laudo del Rey de España era válido, por lo tanto Nicaragua perdió el territorio en litigio y su frontera quedó fijada en la ribera norte del río Coco, perdimos ese territorio, primero por el Laudo del Rey de España, después porque la Corte Internacional de Justicia dio el fallo favorable para Honduras, y tercero porque Luis Somoza, que era el presidente de Nicaragua, no dijo ni “chu” ni “mu”, relata Reyes.

    San Andrés. Todo ocurrió allá por 1928, cuando se firmó el tratado Bárcenas Meneses-Esguerra. Se llamó así por los apellidos de los ministros de Defensa de Nicaragua y Colombia, José Bárcenas Meneses y Manuel Esguerra, respectivamente.

    Nicaragua reclamaba y reclama aún la soberanía sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia, porque éste se ubica dentro de su mar territorial y su plataforma continental.

    El mar territorial de Nicaragua abarca un mínimo de 200 millas náuticas mar adentro desde la Costa Caribe. El archipiélago de San Andrés está ubicado a 60 millas náuticas de la Costa Caribe de Nicaragua, pero a unas 480 millas de la Costa Caribe colombiana.

    José Reyes explica que en 1928 los Estados Unidos necesitaban establecer carboneras en el mar Caribe para abastecer a los barcos de vapor que tenían patrullando la zona.

    “Les interesaba instalar una carbonera en el Cayo de Roncador y sabían que había un conflicto entre Colombia y Nicaragua por la posesión de ese archipiélago, entonces presionaron al gobierno de Nicaragua para que firmara un tratado reconociendo la soberanía de Colombia sobre el archipiélago”, comenta el historiador.

    Entre otras cosas, añade, los Estados Unidos querían recompensar de alguna manera el robo que le habían hecho a Colombia con el istmo de Panamá. Además, Nicaragua estaba ocupada militarmente por Estados Unidos, gobernada por un gobierno títere al mando de Adolfo Díaz, fiel al gobierno norteamericano, quien no se opuso a la medida, ordenando al canciller José Bárcenas Meneses que firmara el tratado reconociendo la soberanía de Colombia en el archipiélago de San Andrés y Providencia, y estableciendo la frontera marítima en el paralelo 15.

    Con esta firma, el gobierno de Nicaragua renunciaba no sólo a la posesión del archipiélago de San Andrés y Providencia, sino que además reducía su mar territorial.

    En 1928 el Tratado fue refrendado por el Congreso, pero en la década de 1980 fue derogado por el primer gobierno sandinista, aduciendo que en la fecha en que fue firmado el país estaba ocupado por la fuerza militar de Estados Unidos, “y un gobierno ocupado por la fuerza extranjera no tiene autoridad, no tiene soberanía para firmar un tratado”, enfatiza el profesor.

    Después del anuncio de intención de llevar el caso a La Haya, en el 2001 el Gobierno de Nicaragua oficializó el reclamo ante la Corte Internacional de Justicia, pero ésta reconoció la soberanía de Colombia en el archipiélago de San Andrés, pero negó que el paralelo 15 fuese el límite en el mar territorial de Nicaragua, a lo que Colombia aún se opone a aceptar, y por lo tanto mantiene barcos patrullando la zona.

    Nicoya y Guanacaste. El Partido de Nicoya, como era llamada la región antaño, perteneció a Nicaragua durante todo el régimen colonial que duró 300 años.

    Nicoya es la península y Guanacaste es el norte de la península que llega hasta el Atlántico. Por aquellos años Costa Rica reconocía la soberanía de Nicaragua sobre Nicoya y Guanacaste.

    A partir de 1830 Costa Rica comenzó a desarrollar su economía promoviendo el cultivo de café y tabaco. Necesitaban exportar el producto y fue en el río San Juan donde encontraron la vía de tránsito propicia para su comercio, ya que en ese entonces el país vecino no poseía ningún puerto ni en el Pacífico ni en el Atlántico.

    Por esa fecha Granada, que funcionaba como la capital de Nicaragua, era una ciudad revuelta. Había un golpe de Estado a Cleto Ordóñez, se buscaba cómo destruir la dominación conservadora y oligarca de León y Granada... Todo eso dio origen a la guerra de las juntas, hubo sangre y anarquía.

    Nicoya y Guanacaste geográficamente habían pertenecido a Nicaragua durante el régimen colonial, pero habían permanecido abandonados porque, a pesar de que se reconocía la soberanía hasta Nicoya, nunca se habían tomado medidas para proteger política y económicamente a la escasa población que lo habitaba.

    Extracto del mapa de la época de las Provincias Unidas de Centroamérica, publicado en Londres en 1826.

    Costa Rica comenzó a interesarse por los terratenientes productores de café y comenzaron a seducirlos para que declararan la anexión de Guanacaste a Costa Rica. Las autoridades de Guanacaste se opusieron, pero los terratenientes se inclinaron por Costa Rica, montaron un cabildo, elaboraron un acta y declararon que “por tales y tales razones” el Partido de Guanacaste se adhería al Estado de Costa Rica.

    “Hay que advertir que en 1824 todavía estábamos influenciados por la idea de que los Estados de Centroamérica no eran república, éramos Estados. Por lo tanto, Costa Rica y Nicaragua éramos Estados de la Federación Centroamericana”, explica José Reyes.

    Fue así que Costa Rica pidió a Nicaragua que aceptara la voluntad de los guanacastecos, “pero el gran error fue que en lugar de negarse, Nicaragua dijo ‘vamos a someternos a la posición del Congreso Federal Centroamericano”.

    Según cuenta el historiador, la frontera de Nicaragua con Costa Rica llegaba hasta el río Matina, en el Atlántico, “hasta ahí llegaba Guanacaste. El río San Juan estaba a 12 millas del río Matina, y Costa Rica consideraba que hasta ahí llegaba su frontera, pero como utilizaban el río San Juan como ruta de tránsito de sus negocios, entonces comenzaron a presionar para que su frontera llegara hasta el río San Juan para garantizarse la navegación que hacían de sus productos”.

    En 1856 William Walker asumió la presidencia de Nicaragua y procedió a cancelar los contratos que Nicaragua había firmado con Cornelius Bandervilt, dueño de la ruta del tránsito que estaba en Nicaragua.

    Bandervilt, en represalia, sobornó al gobierno de Costa Rica para que organizara un ejército que viniera a Nicaragua a derrotar a Walker y así recuperar la compañía que le había sido arrebatada.

    Fue así que Costa Rica inició la guerra contra los filibusteros en Nicaragua. Una de las operaciones más importantes del Ejército costarricense, al mando de comandantes norteamericanos, fue la toma de los vapores de la compañía de la ruta del tránsito y se apoderaron de El Castillo San Carlos, llegaron hasta La Virgen y le dieron continuidad a la guerra contra Walker, hasta que fue vencido y expulsado de Nicaragua en 1857.

    Pero una vez terminada la guerra, Costa Rica declaró que se quedaba con el río San Juan y, de paso, extendía su frontera hasta la mitad del lago Cocibolca y la mitad del istmo de Rivas. A esto le llamaron “derecho de conquista” por haber combatido a los filibusteros en Nicaragua.


    Disputa por San Andrés. Nicaragua defiende su soberanía en el mar territorial que abarca el archipiélago de San Andrés. Aunque la Corte Internacional de Justicia ya dio un fallo en el que estipula que el paralelo 15 no es el límite en el mar territorial nicaragüense, Colombia mentiene presencia en la zona que reclama como suya.

    El Gobierno de Nicaragua, conformado por Tomás Martínez y Máximo Jerez, reaccionó y no aceptó tal decisión.

    Fue así que inició el diálogo entre el general Máximo Jerez y José María Cañas, quienes elaboraron el tratado Cañas-Jerez, que fijó los límites con Costa Rica, en 1857.

    El Tratado Cañas-Jerez impidió que Costa Rica se apoderara del río San Juan, la cuenca sur del lago Cocibolca y la mitad del istmo de Rivas, pero no impidió que Costa Rica llevara su frontera hasta 130 kilómetros antes de la desembocadura del río San Juan.

    En él se estableció que la frontera entre Costa Rica y Nicaragua comienza en la mitad de la bahía de Salinas, sigue una línea de 4 millas al sur del río Ochomogo, luego sigue 4 millas al sur de la costa sur del lago de Nicaragua, luego 5 millas al sur de la ribera del río San Juan hasta El Castillo de la Inmaculada Concepción y de ahí 5 millas abajo, la ribera sur del río comienza a ser la frontera con Costa Rica.

    “Perdimos ese territorio y lo más grave es que se les dio el derecho de navegación perpetua a Costa Rica en el río San Juan, aunque La Haya reconoció la propiedad absoluta del río San Juan”, señala el historiador.

    Este estudioso de la historia nacional explica que a través del último siglo, Nicaragua ha perdido en total casi 30 mil kilómetros cuadrados, como consecuencia de la falta de beligerancia de los gobiernos de turno, quienes se han mostrado demasiado débiles ante los interventores, han sido “irresponsables”, dice, “nunca se preocuparon por preservar la soberanía nicaragüense”.

    domingo, 5 de enero de 2014

    La ciudad de León en el siglo XVIII

    Jorge Eduardo Arellano 

    La ciudad de León en el siglo XVIII






    A escasos años de su traslado en 1610 a su definitivo asentamiento, la capital de la provincia española de Nicaragua ya estaba —según testimonio de Thomas Gage— “muy bien construida, porque el mayor placer de sus habitantes es tener hermosas cazas, y gozar de los placeres del campo, en donde encuentran con toda abundancia todo lo necesario para la vida, mejor que acumular grandes riquezas”.
    Tal era la imagen que presentaba, a los ojos del cronista en lengua inglesa, la ciudad de León que comenzaría de nuevo a regir la vida colonial. Esta se concentraba en la plaza, de acuerdo con el modelo peninsular que adquirió en América más rasgos comunales que incluían las manifestaciones públicas, especialmente religiosas; el paseo vespertino y el mercado al aire libre.
    El saqueo pirático de 1685
    Por eso, cuando en 1685 sufrió un terrible saqueo pirático, cincuenta vecinos intentaron defender la plaza. Pero fue tal la embestida, a la que siguió un incendio, que huyeron recién comenzado el combate, excepto uno que resistió heroicamente y, ensangrentado, no se dejó capturar por los enemigos piratas franceses al mando de William Dampier.
    En concreto, estos quemaron la Catedral y la Iglesia de la Merced, el Hospital y el Cabildo, la Contaduría, el Palacio Episcopal y el Colegio Seminario —recién establecido y ubicado “en la esquina de la cuadra Occidental de la plaza”—, aparte de numerosas casas del vecindario español. Por otro lado, todos los archivos fueron reducidos a cenizas. El hecho tuvo lugar el 21 de agosto de 1685, fecha a partir de la cual León interrumpió su lento desarrollo.
    Porque un mes antes —según informe de Antonio Navia Bolaños, Oidor de la Audiencia de Guatemala, firmado el 28 de julio del mismo año— poseía tres conventos (uno de franciscanos, otro de mercedarios y el tercero de los hermanos de San Juan de Dios), el colegio Seminario fundado en 1680 con un lector, dos cátedras y ocho colegiales; dos ermitas (la de San Felipe en el barrio de los mulatos y la del Calvario); una iglesia catedral con su obispo, tres dignidades, dos canónigos, dos curas, sacristán mayor, capellán mayor del coro y muchos clérigos de la Orden de la Merced.
    La plaza como centro de poder y expansión
    Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, era ya apreciable el contorno de la Plaza de León, trazada como foco aglutinante de la ciudad. En efecto, la plaza central o Mayor se configuraba por sus cuatro costados con los edificios representativos de los poderes coloniales: la Iglesia y residencia de sus Obispos, el Ayuntamiento o Cabildo —que regulaba el precio de los productos de abastecimiento diario—, la Hacienda con su Oficina de Contaduría y la Sala de Armas, o sede central de la milicia o ejército. Dicho centro, por lo demás, tendía a la expansión, ya que implicaba el nacimiento de una nueva sociedad.
    Y así, citando a Morel de Santa Cruz, se advertían el Palacio Episcopal, caracterizado por un aire de respeto que sobresalía sobre los otros medio del lado Sur de Catedral y construido por el maestro albañil analfabeta Francisco Benítez Zalafranca, teniendo 70 varas de largo y 11 cuartos; el Ayuntamiento, la Contaduría y la Sala de Armas.
    Asimismo, la ciudad albergaba otras ocho iglesias (San Francisco, la Merced, San Juan de Dios, San Felipe, el Calvario, San Nicolás, San Juan y San Sebastián), 326 casas particulares de tejas y 995 de paja; se extendía en nueve calles de Oriente a Occidente, y en nueve de Norte a Sur, resultando la Calle Real la más transitada.
    Por allí, de acuerdo con la tradición oral y ciertos documentos del archivo diocesano de la ciudad, entraba el correo —portando los pliegos cerrados de la Audiencia o Capitanía General— en mulas y pasaban los mercachifles o quebrantahuesos mestizos que iban a instalarse en fondas y mesones con sus mercancías, trayendo de las otras provincias las últimas novedades en géneros y objetos de lujo. Estos adornaban las casas de adobe, con varias piezas y ventanas de hierro a la calle, teniendo las principales un zaguán con su hornacina, donde se admiraba una pequeña imagen de devoción o invocaciones como Ave María Purísima o Ave Gracia Plena.
    El espíritu de posesión
    Pero era León, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII, la ciudad que más acumulaba el espíritu de posesión del estrato superior de la colonia y la que lo mantuvo tradicionalmente, no obstante las limitaciones a que se veían obligados sus vecinos principales por su tendencia centrípeta. De manera que en la capital la plata abundaba y brillaba en bandejas, botonaduras, cargadores, dedales, espuelas, garabatos primorosamente labrados en forma de flores, mariposas y pavorreales que servían para recoger las cortinas de las puertas y los pabellones de las camas, como también en hebillas, joyeros, llaves, marcos de espejos, platones y salvillas.
    León ostentaba en sus residencias españolas alacenas con puertas de preciosas molduras que servían para guardar las finas porcelanas, las vajillas de plata y las joyas; salones adornados con muebles de caoba, sillas forradas en baqueta y escaños de tres asientos embutidos en melón, espejos venecianos de lujosos marcos dorados de complicado adorno, candelabros de bronce y arañas de cristal para el alumbrado que era con candelas de Castilla; y cocheras donde se guardaba el carruaje o berlina, usada por la familia cuando salía de paseo o a misa.
    En Sutiava, regularmente, se mantuvo una feria de berlinas, donde se admiraba el lujo y gentileza de criollos y peninsulares, especialmente de las damas adornadas con filigranas: gargantillas de perlas y granete, zarcillos de oro de media luna, pulseras de plata, etc. Ellas vestían, en ese tipo de reuniones públicas, de Petiflor o de Pollera, siendo éstas de casacas azul, o de brocaso musgo; montellinas de encaje de plata con cuatro dedos. Los hombres, por su lado, llevaban chaleco de seda blanca orlados también, de plata, calzones de primavera, capas de castor o de grana con guarnición dorada, o capotón de albornoz, forrado en baqueta ordinaria; corbata y puños de muselina blanca. También usaban pelucas empolvadas a la moda de Versalles, gregüescos a la rodilla, medias de seda, zapatos de tafilete con hebillas de oro o de plata; sombreros de tres picos con plumeros. Además, lucían espadas de cruz y pistolas de Puebla.

    La tradición oral
    La tradición oral complementa que el jardín del patio central estaba sembrado de árboles frutales: naranja de china, limas, granadas e ¡cacos que ponían la nota de verdor y frescura. Las flores eran rosas de Castilla y de Napoleón, centifolia (una flor muy bella de cien pétalos), jazmín y reseda, mosqueta y cundeamor, grano de oro y otras clases como chiquionas, amapolasy doncellas. En el traspatio, además de la cocina, se hallaban las dependencias de los sirvientes, el pozo con grandes pilas para depositar agua y botijones de barro en las esquinas para recoger el agua de lluvia. Daban sombra árboles frutales: aguacate, marañones, jocotes en medio de lianas y diversas aves de corral. Los sirvientes mulatos, descendientes de antiguos esclavos, vestían con aseo; las mujeres, con anchas enaguas de percal y revuelos, lucían güipiles o camisas de esclavina; los hombres, cotonas y calzón de mandil.
    El desayuno se limitaba a un delicioso chocolate servido en pocillo de vieja porcelana dorada con bizcochos, “cosa de hornos” o delicadas rellenitas de maíz con queso y azúcar. Lo anunciaba una campanilla de plata, tocada por la sirvienta principal. A las diez de la mañana tenía lugar el almuerzo y luego se dormía la siesta en confortable hamaca. De siete a diez de la mañana y de una a tres de la tarde eran las horas de oficina. Las señoras y señoritas bordaban en bastidores, tejiendo con agujas de plata y encaje de bolillo. Las mujeres de la plebe aporreaban algodón y lo hilaban en torno; también cosían a mano y planchaban con caracoles de mar, pues eran ignoradas las planchas de hierro. En suma, los leoneses preferían guardar o enterrar la plata, y algunos macacos de oro, antes de invertirla en negocios, ya que la mayoría de ellos practicaba el refrán: “Casa cuanto quepas, dinero cuando puedas”.
    Según el obispo Morel de Santa Cruz, las calles de León en 1751 todavía no estaban empedradas, pues las observó llenas de lodo en invierno y polvosas en verano. El Palacio Episcopal —añadía el dignatario— se ubicaba en la esquina de la cuadra del lado derecho de la plaza, contiguo a la Capilla del Sagrario, edificado sobre adobes, con balcones a las calles y albergando catorce piezas. Tenía jardín interior y en el centro de éste una pila para agua. En el traspatio funcionaban la cochera y la caballeriza. Entre sus buenos muebles y adornos, había 60 asientos de superior clase, y las colchas que se usaban eran de seda. Este edificio se distinguía de los demás por su prominencia.
    En lo civil, además del Gobernador —que ganaba dos mil pesos anuales— funcionaba el Ayuntamiento. Tenía casa propia de gran tamaño donde se celebraban los cabildos y otras dos para detener a las personas de distinción cuando se les arrestaba. Estaba integrado por dos alcaldes ordinarios, el primero de los cuales se titulaba Teniente de Gobernador, dos alcaldes de la santa Hermandad —una especie de policía espontánea que no percibía salario—, un Alférez real, un Alguacil mayor, un Depositario general, seis regidores y un escribano. La Real Hacienda era administrada por un Tesorero que recaudaba los fondos y un Contador que fiscalizaba ambos 600 pesos anuales. Algunas veces estas funciones fueron anexadas. En lo militar, auxiliaban al Gobernador un Maestre de Campo, un Sargento mayor, un Comisario de caballería, nueve compañías de infantería y dos de caballería.
    También León tenía Sala de Armas y Casas para la Contaduría y Tesorería. Las casas particulares eran 324 de tejas y 995 de paja. La ciudad se extendía en nueve calles de Oriente a Occidente y nueve de Norte a Sur, siendo la calle principal —la que iba del Calvario de Sutiava— la más larga y transitada. Varias de estas calles estaban niveladas y las demás enmontadas.
    Había en su jurisdicción 142 haciendas de ganado mayor y gran número de chacras, cultivándose además el maíz y el frijol. Asustaban al vecindario los muchos rayos que se producían en las tormentas de invierno, y fatigaba al obispo el excesivo calor del verano, calor que se atribuía a los volcanes circunvecinos. Cuando ocurrían temblores, la población se refugiaba en los ranchos de paja que se construían improvisadamente dentro de los traspatios de sus viviendas.
    Los frutos comestibles eran abundantes y baratos, y el agua de muy buena calidad. Los vecinos no cuidaban el adorno exterior e interior de sus viviendas, porque entendían que proceder con más dispendio era empobrecerse. Algunas familias, aquellas que no poseían coches o berlinas, usaban quitasoles, o sea paraguas. Las costumbres responsables de la ciudad aseguraban una larga vida a sus habitantes que sumaban entonces 1319 familias con 5439 personas de confesión y comunión, incluyendo los barrios indígenas del Laborío y San Juan.
    Cincuenta años más tarde, Domingo Juarros contabilizó en León 1061 Españoles, 626 Mestizos, 5740 Mulatos y 144 Indios, que hacen por todos 7521 individuos.

    jueves, 12 de septiembre de 2013

    Walker esclavista del sur de EEUU.



    Ahí estaba. El gringo de 32 años, de aspecto patibulario, que había venido 13 meses antes para echar a unos del poder, investido como presidente. El mismo que nació en un estado esclavista del sur, que tuvo una novia sordomuda y que hizo estudios de Medicina en Pennsylvania.

    “Con la mayor efusión de gozo entrego el mando supremo de la República, seguro y satisfecho de que vas a darle su quietud, progreso y respetabilidad. Yo lo conozco, los pueblos igualmente; puesto que han depositado la confianza que has aceptado”.

    Esas palabras de entusiasmo las pronunció Fermín Ferrer en el acto solemne celebrado en Granada el sábado 12 de julio de 1856 durante la investidura del filibustero William Walker, como presidente de Nicaragua.
     El mismo discurso se leyó después en inglés.

    Acto seguido Ferrer, dirigente legitimista, juramentó al nuevo mandatario que había sido elegido con 8,401 votos, según refieren los documentos recopilados por Alejandro Bolaños Geyer, en su libro Walker, el predestinado de los ojos grises, que se descarga en la biblioteca virtual de Enrique Bolaños.

    Walker llegó a Nicaragua en junio de 1855, con 55 hombres, “la Falange democrática”, que no era más que una banda de filibusteros. El estadounidense se arrodilló e hizo la promesa de ley, ofreció luego un discurso en aquella ciudad que se alza a la orilla del lago y que se engalanó ese día para la celebración.

    “Confío sinceramente que todos los buenos ciudadanos me ayudarán al sostenimiento de aquel orden de las cosas”, dijo, y luego fustigó contra los ejércitos de los países vecinos que intentaban echarlo del país. “Los otros cuatro Estados de Centroamérica, sin razón y sin justicia, intentan intervenir en los negocios de Nicaragua”.

    Los datos biográficos sobre Walker —recopilados por Bolaños Geyer— son los siguientes: nació en Nashville, Tennessee, el sur de Estados Unidos, el 8 de mayo de 1824. Sus padres eran de origen escocés. De niño le decían “Billy”. “Siempre fue serio y taciturno”. Fue alumno destacado desde la adolescencia.

    Quienes lo conocieron antes de convertirse en un aventurero decían que era una persona de carácter tranquilo, que habría cambiado mucho después del noviazgo que sostuvo con una muchacha sordomuda, muy bella por la que había aprendido el lenguaje de señas.

    FRACASO EN SONORA


    Rompieron por “una desavenencia y antes de que pudieran reconciliarse ella falleció”, relata Bolaños Geyer. Su muerte lo convirtió en un hombre melancólico y más tarde se transformó en el aventurero.

    A comienzos de 1852, Walker partió con una expedición militar a Sonora. Recién había muerto su madre quien siempre lo llamó “Billy”. En el estado mexicano, el filibustero tenía pretensiones de fundar una República y de instaurar la esclavitud. Para lograr su empresa puso a la venta el “país” que aún no había conquistado. Este proyecto al final fracasó. Sin embargo, se considera que su expedición a Sonora, aunque fue repudiada por la opinión pública, habría empujado la compra forzada que hizo Estados Unidos de territorio mexicano.

    Por eso fue juzgado en San Francisco, pero al final fue absuelto. Volvió a ganarse la vida con el periodismo y retomó la política.

    En 1856 después que fue investido en Granada como el nuevo mandatario, una de sus primeras decisiones fue instaurar la esclavitud. Distintos textos históricos sostienen que Walker habría ofrecido llevar a los estados del sur alrededor de “20,000 indios” nicaragüenses, a los que consideraba tan fuertes como “los negros” para las actividades agrícolas.

    El filibustero contaba con el apoyo de algunos políticos sureños que sobredimensionaban sus acciones en Nicaragua, pero también con adversarios sobre todo de los estados del norte que denunciaban las fechorías cometidas por el filibustero en el país.

    Fusilado en Honduras

    “El general William Walker fue fusilado el 12 de los corrientes a las ocho de la mañana. Exhibió a través de todo la mayor serenidad; ni siquiera cambió de color mientras caminaba de la prisión a la plaza en donde lo ejecutaron. Dos soldados con espadas desenvainadas marchaban delante de él y lo seguían tres con bayonetas caladas. Llevaba un sombrero en la mano derecha y en la izquierda un crucifijo”. Así describió la crónica de The New York Herald del 4 de octubre, dando cuenta del fusilamiento del filibustero en Trujillo, Honduras, según el libro de Alejandro Bolaños Geyer, El Predestinado de los ojos grises , disponible en la biblioteca virtual del expresidente Enrique Bolaños. 

    El cronista escribió que aunque no podía hablar con fuerza, habló bajo al cura y dijo que le pedía perdón a la gente por todos los daños causados. 

    El pelotón de diez hombres dio un paso al frente y de inmediato descargaron fuego. El filibustero murió al instante. El cónsul norteamericano pagó su sepelio



    LA RENDICION DE LOS FILIBUSTEROS DE WALKER.



    A comienzos de 1857 la guerra se trasladó al sur. Rivas y sus pueblos cercanos como San Jorge, La Virgen y San Juan del Sur, que eran claves para el filibusterismo, se transformaron en escenario de escaramuzas entre los ejércitos aliados y los filibusteros de William Walker.

    Atrás quedaban Granada quemada y Masaya ensangrentada, en manos ya de los aliados.

    También había control de la ruta del río San Juan. El ejército costarricense, que combatía a los gringos filibusteros, estaban posicionados en la ruta del río y sus fuertes en San Carlos y El Castillo.
    El mes anterior, diciembre había sido clave para la guerra contra Walker. Los costarricenses se apoderaron de todos los vapores de la Compañía de Tránsito.

    Había entrado a financiar la guerra antifilibustera el comodoro Cornelius Vanderbilt, a quien Walker había despojado de sus derechos en la Compañía de Tránsito. Vanderbilt, decidido a echar a Walker y su gente, había buscado a un diestro marino de apellido Spencer y lo puso a las órdenes de Juan Rafael Mora, el gobernante tico.

    “Despojar a Walker de los vapores era una empresa que se consideraba de titanes. La realización de ese hecho en tan pocos días levantó el espíritu de los centroamericanos”, escribió José Dolores Gámez, en su libro Historia de Nicaragua.

    ESPERABA REFUERZOS


    Pero Walker, que seguía atrincherado en Rivas, a comienzos de 1857, confiaba en que llegarían refuerzos desde Estados Unidos a San Juan del Norte, y que lograría poner la balanza a su favor.

    Los primeros tres meses fueron violentos en la zona de Rivas. Se registraron numerosos combates que iban debilitando al bando filibustero.

    En marzo se supo que recibiría refuerzos y de inmediato los ejércitos aliados (Nicaragua, Guatemala, Costa Rica, Honduras y El Salvador) enviaron al general Fernando Chamorro con 600 hombres. Chamorro y sus hombres se situaron en la hacienda El Jocote, entre Rivas y San Juan del Sur, y allí esperaron a los 80 hombres que iban a reforzar a los filibusteros. Pronto se abrió fuego. No demoraron mucho en ser abatidos y perseguidos.

    También había deserciones continuas. La inyección económica de Vanderbilt se tradujo, en parte, en financiar la repatriación de filibusteros. Los ticos regaban entre las filas invasoras la noticia de que recibirían dinero y pasaje para regresar a su país. Esa estrategia funcionó y ayudó a desgranar las tropas de Walker.

    En el campamento de los aliados centroamericanos siempre estaban al borde de nuevas divisiones, según describe Gámez en el capítulo dedicado al final de la guerra.

    En esos meses aciagos, había anclado en San Juan del Sur la fragata de guerra estadounidense Saint Mary, al mando del capitán Charles Davis, quien ayudaría a la “capitulación honrosa” de Walker y sus filibusteros, que aceptaron largarse de Nicaragua el primero de mayo de 1857.

    El 11 de abril se había producido la última batalla de Rivas, entre los ejércitos aliados, unos 3,000 hombres y las fuerzas filibusteras. No obstante, distintos apuntes sostienen que las tropas aliadas fueron derrotadas en esa última contienda. Que sus bajas humanas fueron grandes y que las de los filibusteros “insignificantes”.

    Eso permitió al filibustero irse con “honores”.

    Walker no firmó su rendición ante ningún general de los ejércitos aliados, sino ante el capitán Davis. Algunos generales como Tomás Martínez y Pedro Chamorro habrían querido el “pirata”, como también lo consideraban, se hubiera comprometido a no volver a “hostilizar” ningún estado de la región, sin embargo, el general tico José Joaquín Mora habría expresado su aprobación a los términos del compromiso entre Walker y Davis, con tal de ponerle fin al conflicto lo más pronto posible.

    Al final de la guerra “tenía más orgullo el vencido que el vencedor”, escribe Gámez. Tampoco se comprometió a no organizar más expediciones en Centroamérica.

    Aparte 500 de sus hombres recibieron 30,000 pesos para abandonar la ciudad de Rivas destruida por la contienda.

    Años después, en su libro La Guerra de Nicaragua, Walker lamentaría la tardanza de refuerzos y armas:

    “Los Estados del Sur convencidos de la imposibilidad de introducir la esclavitud en Kansas, se prepararon para concentrar sus esfuerzos sobre Centroamérica, enviando a San Juan del Norte hombres escogidos y provistos de excelentes armamentos y equipos. Si los mismos esfuerzos se hubieran hecho tres meses antes (de la toma de los vapores), el establecimiento de los americanos en Nicaragua se habría asegurado sin peligro”.

    Pero el día de su capitulación en Rivas, las palabras del filibustero, que volvería a Centroamérica en otra expedición y moriría, sus palabras fueron de recriminación.

    “Reducidos a nuestra situación actual por la cobardía de algunos, la incapacidad de otros y la traición de muchos, el ejército no obstante ha escrito una página de historia americana que es imposible olvidar ni borrar. Del futuro, si no del presente esperamos un juicio justo”, dijo Walker con su voz aguda y se largó maldiciendo este país.

    Zarpó de Rivas con filibusteros enfermos, medio desnudos y descalzos. Se fue a su país vía Costa Rica y Panamá.

    miércoles, 11 de septiembre de 2013

    LA GUERRA DE PATRIOTAS NICARAGUENSES CONTRA WILLIAN WALKER FUE EN TIEMPOS DEL COLERA.


    La rivalidad entre leoneses y granadinos, dos pueblos que nunca se quisieron, fue de mal en peor en 1854. Don Fruto Chamorro, caudillo legitimista que había sido elegido director nacional del estado nicaragüense tan solo un año antes, quiso quedarse más tiempo en el poder y sus enemigos, los democráticos leoneses, olieron la dictadura que se venía y se fueron a las armas.

    Chamorro, nacido en Guatemala, pero de padres nicaragüenses, se proclamó presidente del país, declaró República a Nicaragua, mandó a crear una nueva Constitución, que no entraría en vigor, y cambió la sede de gobierno de León a Granada, donde era un caudillo “amado”.

    Los dirigentes leoneses, por su parte, se replegaron a Honduras. Fueron arropados por José Trinidad Cabañas, caudillo hondureño enemistado con Chamorro. Los leoneses se organizaron en el vecino país y en mayo declararon la guerra a Chamorro. El 11 de junio nombraron, ilegalmente, el gobierno provisional y nombraron a Francisco Castellón como director nacional.

    Se abrió fuego en ciudades como Rivas y Granada.
    Otra vez se enfrentaban granadinos y leoneses. Legitimistas y democráticos. Timbucos y calandracas. Una bandera blanca distinguía a los primeros y una roja a los otros. Dos pueblos que se habían detestado siempre, desde la Colonia.

    Chamorro era un hombre de “muy pequeña, pero fuerte estatura, y de voz un tanto nasal”, lo describió el historiador Jerónimo Pérez en su libro de Memorias de la Guerra Nacional .

    Pérez dice que el caudillo conservador era también un hombre con mucho valor. “Cuando adoptaba una determinación, era tan resuelto y firme que nada podía hacerle ceder”. Era terco.

    Y para acabar de definir su carácter de caudillo, Pérez lo describió también como un hombre sensible. Terminaba llorando por cualquier cosa. Fue “un ángel para unos y un monstruo infernal para otros”, lo resumió José Dolores Gámez en su libro Historia de Nicaragua.

    Castellón, que perdió elecciones con Chamorro, pero que había sido diputado y ministro plenipotenciario en Inglaterra y que moriría del cólera, destacó por un error histórico: en su desesperación por sacar del poder al dirigente legitimista arregló con el norteamericano Byron Cole traer a mercenarios estadounidenses para ganar la guerra.

    Con el trato estuvo de acuerdo el impulsivo abogado Máximo Jerez, quien después pelearía contra los filibusteros. El contrato aprobado el 28 de diciembre de 1854 estableció que la tropa sería mantenida con “carnes y totopostes”, y que los soldados y sargentos ganarían cuatro reales diarios, mientras que los oficiales un peso y dos pesos el comandante. Se le designó el nombre de “Falange democrática”.

    A los pocos días, en los comienzos de 1855, Cole delegó el cumplimiento del contrato en William Walker, quien escribía para el periódico de Cole.

    Había un antecedente legal que justificaba la intervención de ejércitos extranjeros en un conflicto nacional. En 1851, en los tiempos cuando fue director nacional José de Jesús Alfaro, el poder legislativo había autorizado al ejecutivo para “solicitar protección armada de cualquiera de los gobiernos de Centroamérica o de otro extraño amigo del de Nicaragua y facultarlo para introducir tropas al Estado, tropas auxiliares, y agregar a las filas a los ciudadanos norteamericanos que quieran prestar sus servicios; ofreciéndoles terrenos baldíos en el Estado”, reza el decreto recogido por distintos textos.

    PROTECTORADO INGLÉS


    En esa época se hablaba ya de construir un canal interoceánico aprovechando la ruta del río San Juan. Sin embargo, gran parte de ese territorio nicaragüense estaba controlada por Inglaterra, que tenía el protectorado Mosquito.

    Para frenar el intento de expansión de los ingleses en Centroamérica, en 1850, esa potencia había suscrito un acuerdo con Estados Unidos, conocido como el tratado Clayton -Bulwer.

    La presencia de Inglaterra se consideraba un obstáculo para las pretensiones expansionistas de Estados Unidos y su “destino manifiesto”, del que Walker sería un abanderado.

    A mediados del siglo XIX también se estableció la Compañía del Tránsito, que iba a navegar por las costas del Pacífico.

    WALKER Y SU “NICARAGÜENSE”


    Walker, oriundo del sur de Estados Unidos, desembarcó en junio de 1855 en El Realejo con 55 hombres. Apenas puso los pies en tierra fue nombrado coronel y cuatro meses después, tras escaramuzas en Rivas y Masaya, se tomó Granada.

    Meses antes de su llegada, había muerto el caudillo Fruto Chamorro, sobreviviente de la escaramuza contra los democráticos en El Pozo, León, en mayo del 54. En su lugar asumió José María Estrada.

    “Los altivos leoneses, después de tantos años de lucha, vinieron a convertirse en siervos del jefe filibustero, de cuyo férreo dominio no podían ni querían sustraerse”, escribió Gámez. La Iglesia, que también lo adulaba, le hacía alhajas para comprar rifles y contratar más filibusteros, según describe Gámez.

    Los vapores del Tránsito venían repletos de filibusteros, que querían sumarse a la causa de Walker, que siempre fue muy distinta a los intereses de los democráticos. Fiel a los esclavistas sureños, Walker vino a conquistar Nicaragua —de paso a Centroamérica— y a instaurar la esclavitud. Fue lo que intentó hacer.

    Fue en ese tiempo que el filibustero creó el periódico El Nicaragüense. El 75 por ciento de su contenido se escribía en inglés en el que hablaba mal de los nicaragüenses. “Desgraciados”, “afeminados”, eran algunos de los calificativos con que describían a los nacionales.

    Apenas un 25 por ciento del periódico se redactaba en “español bárbaro”, que por el contrario se deshacía en elogios para los lugareños.

    La prensa internacional, sobre todo la estadounidense, también dedicó acalorados artículos a la presencia de los filibusteros en Nicaragua.

    Algunos referían los desmanes del filibusterismo en el pequeño país centroamericano. Describían sus robos, asesinatos, torturas, violaciones. Muchas familias de las principales ciudades, León y Granada, habían huido al campo.

    DECLARAN LA GUERRA


    Al interior del país crecía el descontento entre timbucos y calandracas con los invasores filibusteros. Jerez fue uno de los que se volteó después de una visita del caudillo hondureño, Cabañas, que había dejado el poder. Jerez renunció a seguir en el gobierno títere de Patricio Rivas que Walker manipulaba a su antojo.

    Historiadores como Gámez refieren que la “conducta antipatriótica” de los políticos nicaragüenses, que siempre antepusieron sus intereses particulares a los del país, fue la mejor aliada de Walker, quien en julio de 1856 se proclamó presidente de Nicaragua. Instauró el inglés como idioma, y un mes después instauró la esclavitud. Algunos textos refieren que el filibustero pretendía mandar a 20,000 nicaragüenses para que fueran esclavizados en el sur de Estados Unidos.

    En abril y junio, Costa Rica, primero, y luego El Salvador le declararon la guerra. Para septiembre, timbucos y calandracas se pondrían de acuerdo en pelear juntos y recibirían refuerzos de los “ejércitos aliados” de Centroamérica para sacar a Walker, tarea que no resultó fácil.