lunes, 17 de marzo de 2014

DE 24 CONFLICTOS INTERNACIONALES SOLO 4 HA GANADO NICARAGUA.

Según Luis Pasos Argüello, en su libro Los Conflictos Internacionales de Nicaragua (1982), entre 1983 y 1960 el país ha vivido 24 conflictos internacionales, de los cuales sólo ha resultado victorioso en cuatro de ellos.

Nicoya y Guanacaste con Costa Rica.

Captura y secuestro del jefe de San Juan del Norte, coronel Quijano, por los ingleses.

Bloqueo a San Juan del Norte por los ingleses.

Ocupación de San Juan del Norte por los ingleses.

Bombardeo de San Juan del Norte por los norteamericanos.

Tratado Cañas-Jerez con Costa Rica.

El incidente Belly. La declaración de Rivas.

La cuestión Allard con Francia.

El asunto Eisenstuck-Leal con Alemania.

El barco Moctezuma con España.

Laudo del Emperador de Austria.

Laudo Cleveland.

Ocupación de Corinto y pago de la reclamación inglesa.

Laudos Alexander.

Laudo del Rey de España.

Reclamo Emery.

Sentencia de la Corte de Justicia Centroamericana de la demanda de Costa Rica.

Sentencia de la Corte de Justicia Centroamericana en la demanda de El Salvador.

Tratado Bárcenas Meneses-Esguerra.

Sentencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

     4 ganados
  • Tratado Webster-Crampton

    La invasión frustrada de Kenney

    El tratado Cass-Irisarri

    Reincorporación de la Mosquitia (1894).

  • NICARAGUA HA PERDIDO MAS DE 30,000 KM2 DE TERRITORIO EN SU HISTORIA.

    La actual disputa fronteriza entre Costa Rica y Nicaragua sobre el río San Juan es un cuento largo que comenzó en 1830, cuando el vecino país desarrolló la producción de café y tabaco, y cuando a falta de puertos en sus costas, utilizaba el río San Juan como ruta de tránsito para sus productos.

    Los recursos naturales que posee Nicaragua han servido de anzuelo para volver ésta en una tierra codiciada por sus vecinos. En los últimos 180 años el país ha sufrido los efectos de al menos 24 conflictos territoriales en los que, según la cuenta de José Reyes, profesor titular y académico del departamento de Historia de la UNAN-Managua, se han perdido 30 mil kilómetros cuadrados de territorio.

    Todo —dice Reyes— ha sido gracias a la irresponsabilidad de los gobernantes de turno, quienes según ha quedado registrado en las páginas de la historia, sin más han aceptado las decisiones de las Cortes Internacionales o han cedido a las dominaciones extranjeras.

    Aunque Luis Pasos Argüello menciona que desde 1823 hasta 1960 Nicaragua había sufrido 24 conflictos internacionales, de los cuales sólo había ganado cuatro, el profesor de historia José Reyes destaca tres como los más importantes debido a la magnitud de los territorios perdidos.


    La Mosquitia. Se trataba de un pedazo de tierra de aproximadamente 12 mil kilómetros cuadrados, ubicado entre el río Coco y el río Aguán. A pesar de que no era un territorio delimitado, tradicionalmente había pertenecido a Nicaragua.
    Fue a partir del siglo XIX que Honduras comenzó a reclamarlo como propio y de ahí surgieron diversos conflictos armados en la zona, hubo roces y enfrentamientos a cada momento.

    “Ése era un territorio en litigio y así aparecía en los mapas de Nicaragua, como “Territorio en Litigio”, pero los hondureños —más vivos— le pusieron “Departamento de Cabo Gracias a Dios”, comenta el profesor Reyes.

    Mapa elaborado por el cartógrafo francés Robelin, en la primera década del siglo XX.
    Ampliar mapa
    Los conflictos armados se mantuvieron hasta que los países en disputa decidieron llevar el caso ante el Rey de España, Alfonso XIII.

    Hasta la fecha, el catedrático de historia duda que el Rey Alfonso XIII haya leído por completo los planteamientos de ambos países, pero al final el Laudo de Alfonso XIII terminó de establecer la frontera entre Nicaragua y Honduras, a partir del Golfo de Fonseca hasta el Río Poteca, afluente del río Coco, pero faltó la otra mitad...

    “Con el transcurso del tiempo y a medida que los gobiernos militares de Honduras y Nicaragua compartían intereses políticos y económicos, eran vasallos del gobierno norteamericano, decidieron someter al fallo de La Haya para que se decidiera si el Laudo del Rey Alfonso XIII era válido o no”, explica Reyes.

    Era 1960, Nicaragua estaba gobernada por Luis Somoza y los Estados Unidos, que ejercía una fuerte influencia en la región, se inclinaban hacia Honduras por sus intereses mineros y caucheros en la zona.

    “Entonces la Corte Internacional de Justicia dijo que el Laudo del Rey de España era válido, por lo tanto Nicaragua perdió el territorio en litigio y su frontera quedó fijada en la ribera norte del río Coco, perdimos ese territorio, primero por el Laudo del Rey de España, después porque la Corte Internacional de Justicia dio el fallo favorable para Honduras, y tercero porque Luis Somoza, que era el presidente de Nicaragua, no dijo ni “chu” ni “mu”, relata Reyes.

    San Andrés. Todo ocurrió allá por 1928, cuando se firmó el tratado Bárcenas Meneses-Esguerra. Se llamó así por los apellidos de los ministros de Defensa de Nicaragua y Colombia, José Bárcenas Meneses y Manuel Esguerra, respectivamente.

    Nicaragua reclamaba y reclama aún la soberanía sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia, porque éste se ubica dentro de su mar territorial y su plataforma continental.

    El mar territorial de Nicaragua abarca un mínimo de 200 millas náuticas mar adentro desde la Costa Caribe. El archipiélago de San Andrés está ubicado a 60 millas náuticas de la Costa Caribe de Nicaragua, pero a unas 480 millas de la Costa Caribe colombiana.

    José Reyes explica que en 1928 los Estados Unidos necesitaban establecer carboneras en el mar Caribe para abastecer a los barcos de vapor que tenían patrullando la zona.

    “Les interesaba instalar una carbonera en el Cayo de Roncador y sabían que había un conflicto entre Colombia y Nicaragua por la posesión de ese archipiélago, entonces presionaron al gobierno de Nicaragua para que firmara un tratado reconociendo la soberanía de Colombia sobre el archipiélago”, comenta el historiador.

    Entre otras cosas, añade, los Estados Unidos querían recompensar de alguna manera el robo que le habían hecho a Colombia con el istmo de Panamá. Además, Nicaragua estaba ocupada militarmente por Estados Unidos, gobernada por un gobierno títere al mando de Adolfo Díaz, fiel al gobierno norteamericano, quien no se opuso a la medida, ordenando al canciller José Bárcenas Meneses que firmara el tratado reconociendo la soberanía de Colombia en el archipiélago de San Andrés y Providencia, y estableciendo la frontera marítima en el paralelo 15.

    Con esta firma, el gobierno de Nicaragua renunciaba no sólo a la posesión del archipiélago de San Andrés y Providencia, sino que además reducía su mar territorial.

    En 1928 el Tratado fue refrendado por el Congreso, pero en la década de 1980 fue derogado por el primer gobierno sandinista, aduciendo que en la fecha en que fue firmado el país estaba ocupado por la fuerza militar de Estados Unidos, “y un gobierno ocupado por la fuerza extranjera no tiene autoridad, no tiene soberanía para firmar un tratado”, enfatiza el profesor.

    Después del anuncio de intención de llevar el caso a La Haya, en el 2001 el Gobierno de Nicaragua oficializó el reclamo ante la Corte Internacional de Justicia, pero ésta reconoció la soberanía de Colombia en el archipiélago de San Andrés, pero negó que el paralelo 15 fuese el límite en el mar territorial de Nicaragua, a lo que Colombia aún se opone a aceptar, y por lo tanto mantiene barcos patrullando la zona.

    Nicoya y Guanacaste. El Partido de Nicoya, como era llamada la región antaño, perteneció a Nicaragua durante todo el régimen colonial que duró 300 años.

    Nicoya es la península y Guanacaste es el norte de la península que llega hasta el Atlántico. Por aquellos años Costa Rica reconocía la soberanía de Nicaragua sobre Nicoya y Guanacaste.

    A partir de 1830 Costa Rica comenzó a desarrollar su economía promoviendo el cultivo de café y tabaco. Necesitaban exportar el producto y fue en el río San Juan donde encontraron la vía de tránsito propicia para su comercio, ya que en ese entonces el país vecino no poseía ningún puerto ni en el Pacífico ni en el Atlántico.

    Por esa fecha Granada, que funcionaba como la capital de Nicaragua, era una ciudad revuelta. Había un golpe de Estado a Cleto Ordóñez, se buscaba cómo destruir la dominación conservadora y oligarca de León y Granada... Todo eso dio origen a la guerra de las juntas, hubo sangre y anarquía.

    Nicoya y Guanacaste geográficamente habían pertenecido a Nicaragua durante el régimen colonial, pero habían permanecido abandonados porque, a pesar de que se reconocía la soberanía hasta Nicoya, nunca se habían tomado medidas para proteger política y económicamente a la escasa población que lo habitaba.

    Extracto del mapa de la época de las Provincias Unidas de Centroamérica, publicado en Londres en 1826.

    Costa Rica comenzó a interesarse por los terratenientes productores de café y comenzaron a seducirlos para que declararan la anexión de Guanacaste a Costa Rica. Las autoridades de Guanacaste se opusieron, pero los terratenientes se inclinaron por Costa Rica, montaron un cabildo, elaboraron un acta y declararon que “por tales y tales razones” el Partido de Guanacaste se adhería al Estado de Costa Rica.

    “Hay que advertir que en 1824 todavía estábamos influenciados por la idea de que los Estados de Centroamérica no eran república, éramos Estados. Por lo tanto, Costa Rica y Nicaragua éramos Estados de la Federación Centroamericana”, explica José Reyes.

    Fue así que Costa Rica pidió a Nicaragua que aceptara la voluntad de los guanacastecos, “pero el gran error fue que en lugar de negarse, Nicaragua dijo ‘vamos a someternos a la posición del Congreso Federal Centroamericano”.

    Según cuenta el historiador, la frontera de Nicaragua con Costa Rica llegaba hasta el río Matina, en el Atlántico, “hasta ahí llegaba Guanacaste. El río San Juan estaba a 12 millas del río Matina, y Costa Rica consideraba que hasta ahí llegaba su frontera, pero como utilizaban el río San Juan como ruta de tránsito de sus negocios, entonces comenzaron a presionar para que su frontera llegara hasta el río San Juan para garantizarse la navegación que hacían de sus productos”.

    En 1856 William Walker asumió la presidencia de Nicaragua y procedió a cancelar los contratos que Nicaragua había firmado con Cornelius Bandervilt, dueño de la ruta del tránsito que estaba en Nicaragua.

    Bandervilt, en represalia, sobornó al gobierno de Costa Rica para que organizara un ejército que viniera a Nicaragua a derrotar a Walker y así recuperar la compañía que le había sido arrebatada.

    Fue así que Costa Rica inició la guerra contra los filibusteros en Nicaragua. Una de las operaciones más importantes del Ejército costarricense, al mando de comandantes norteamericanos, fue la toma de los vapores de la compañía de la ruta del tránsito y se apoderaron de El Castillo San Carlos, llegaron hasta La Virgen y le dieron continuidad a la guerra contra Walker, hasta que fue vencido y expulsado de Nicaragua en 1857.

    Pero una vez terminada la guerra, Costa Rica declaró que se quedaba con el río San Juan y, de paso, extendía su frontera hasta la mitad del lago Cocibolca y la mitad del istmo de Rivas. A esto le llamaron “derecho de conquista” por haber combatido a los filibusteros en Nicaragua.


    Disputa por San Andrés. Nicaragua defiende su soberanía en el mar territorial que abarca el archipiélago de San Andrés. Aunque la Corte Internacional de Justicia ya dio un fallo en el que estipula que el paralelo 15 no es el límite en el mar territorial nicaragüense, Colombia mentiene presencia en la zona que reclama como suya.

    El Gobierno de Nicaragua, conformado por Tomás Martínez y Máximo Jerez, reaccionó y no aceptó tal decisión.

    Fue así que inició el diálogo entre el general Máximo Jerez y José María Cañas, quienes elaboraron el tratado Cañas-Jerez, que fijó los límites con Costa Rica, en 1857.

    El Tratado Cañas-Jerez impidió que Costa Rica se apoderara del río San Juan, la cuenca sur del lago Cocibolca y la mitad del istmo de Rivas, pero no impidió que Costa Rica llevara su frontera hasta 130 kilómetros antes de la desembocadura del río San Juan.

    En él se estableció que la frontera entre Costa Rica y Nicaragua comienza en la mitad de la bahía de Salinas, sigue una línea de 4 millas al sur del río Ochomogo, luego sigue 4 millas al sur de la costa sur del lago de Nicaragua, luego 5 millas al sur de la ribera del río San Juan hasta El Castillo de la Inmaculada Concepción y de ahí 5 millas abajo, la ribera sur del río comienza a ser la frontera con Costa Rica.

    “Perdimos ese territorio y lo más grave es que se les dio el derecho de navegación perpetua a Costa Rica en el río San Juan, aunque La Haya reconoció la propiedad absoluta del río San Juan”, señala el historiador.

    Este estudioso de la historia nacional explica que a través del último siglo, Nicaragua ha perdido en total casi 30 mil kilómetros cuadrados, como consecuencia de la falta de beligerancia de los gobiernos de turno, quienes se han mostrado demasiado débiles ante los interventores, han sido “irresponsables”, dice, “nunca se preocuparon por preservar la soberanía nicaragüense”.

    domingo, 5 de enero de 2014

    La ciudad de León en el siglo XVIII

    Jorge Eduardo Arellano 

    La ciudad de León en el siglo XVIII






    A escasos años de su traslado en 1610 a su definitivo asentamiento, la capital de la provincia española de Nicaragua ya estaba —según testimonio de Thomas Gage— “muy bien construida, porque el mayor placer de sus habitantes es tener hermosas cazas, y gozar de los placeres del campo, en donde encuentran con toda abundancia todo lo necesario para la vida, mejor que acumular grandes riquezas”.
    Tal era la imagen que presentaba, a los ojos del cronista en lengua inglesa, la ciudad de León que comenzaría de nuevo a regir la vida colonial. Esta se concentraba en la plaza, de acuerdo con el modelo peninsular que adquirió en América más rasgos comunales que incluían las manifestaciones públicas, especialmente religiosas; el paseo vespertino y el mercado al aire libre.
    El saqueo pirático de 1685
    Por eso, cuando en 1685 sufrió un terrible saqueo pirático, cincuenta vecinos intentaron defender la plaza. Pero fue tal la embestida, a la que siguió un incendio, que huyeron recién comenzado el combate, excepto uno que resistió heroicamente y, ensangrentado, no se dejó capturar por los enemigos piratas franceses al mando de William Dampier.
    En concreto, estos quemaron la Catedral y la Iglesia de la Merced, el Hospital y el Cabildo, la Contaduría, el Palacio Episcopal y el Colegio Seminario —recién establecido y ubicado “en la esquina de la cuadra Occidental de la plaza”—, aparte de numerosas casas del vecindario español. Por otro lado, todos los archivos fueron reducidos a cenizas. El hecho tuvo lugar el 21 de agosto de 1685, fecha a partir de la cual León interrumpió su lento desarrollo.
    Porque un mes antes —según informe de Antonio Navia Bolaños, Oidor de la Audiencia de Guatemala, firmado el 28 de julio del mismo año— poseía tres conventos (uno de franciscanos, otro de mercedarios y el tercero de los hermanos de San Juan de Dios), el colegio Seminario fundado en 1680 con un lector, dos cátedras y ocho colegiales; dos ermitas (la de San Felipe en el barrio de los mulatos y la del Calvario); una iglesia catedral con su obispo, tres dignidades, dos canónigos, dos curas, sacristán mayor, capellán mayor del coro y muchos clérigos de la Orden de la Merced.
    La plaza como centro de poder y expansión
    Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, era ya apreciable el contorno de la Plaza de León, trazada como foco aglutinante de la ciudad. En efecto, la plaza central o Mayor se configuraba por sus cuatro costados con los edificios representativos de los poderes coloniales: la Iglesia y residencia de sus Obispos, el Ayuntamiento o Cabildo —que regulaba el precio de los productos de abastecimiento diario—, la Hacienda con su Oficina de Contaduría y la Sala de Armas, o sede central de la milicia o ejército. Dicho centro, por lo demás, tendía a la expansión, ya que implicaba el nacimiento de una nueva sociedad.
    Y así, citando a Morel de Santa Cruz, se advertían el Palacio Episcopal, caracterizado por un aire de respeto que sobresalía sobre los otros medio del lado Sur de Catedral y construido por el maestro albañil analfabeta Francisco Benítez Zalafranca, teniendo 70 varas de largo y 11 cuartos; el Ayuntamiento, la Contaduría y la Sala de Armas.
    Asimismo, la ciudad albergaba otras ocho iglesias (San Francisco, la Merced, San Juan de Dios, San Felipe, el Calvario, San Nicolás, San Juan y San Sebastián), 326 casas particulares de tejas y 995 de paja; se extendía en nueve calles de Oriente a Occidente, y en nueve de Norte a Sur, resultando la Calle Real la más transitada.
    Por allí, de acuerdo con la tradición oral y ciertos documentos del archivo diocesano de la ciudad, entraba el correo —portando los pliegos cerrados de la Audiencia o Capitanía General— en mulas y pasaban los mercachifles o quebrantahuesos mestizos que iban a instalarse en fondas y mesones con sus mercancías, trayendo de las otras provincias las últimas novedades en géneros y objetos de lujo. Estos adornaban las casas de adobe, con varias piezas y ventanas de hierro a la calle, teniendo las principales un zaguán con su hornacina, donde se admiraba una pequeña imagen de devoción o invocaciones como Ave María Purísima o Ave Gracia Plena.
    El espíritu de posesión
    Pero era León, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII, la ciudad que más acumulaba el espíritu de posesión del estrato superior de la colonia y la que lo mantuvo tradicionalmente, no obstante las limitaciones a que se veían obligados sus vecinos principales por su tendencia centrípeta. De manera que en la capital la plata abundaba y brillaba en bandejas, botonaduras, cargadores, dedales, espuelas, garabatos primorosamente labrados en forma de flores, mariposas y pavorreales que servían para recoger las cortinas de las puertas y los pabellones de las camas, como también en hebillas, joyeros, llaves, marcos de espejos, platones y salvillas.
    León ostentaba en sus residencias españolas alacenas con puertas de preciosas molduras que servían para guardar las finas porcelanas, las vajillas de plata y las joyas; salones adornados con muebles de caoba, sillas forradas en baqueta y escaños de tres asientos embutidos en melón, espejos venecianos de lujosos marcos dorados de complicado adorno, candelabros de bronce y arañas de cristal para el alumbrado que era con candelas de Castilla; y cocheras donde se guardaba el carruaje o berlina, usada por la familia cuando salía de paseo o a misa.
    En Sutiava, regularmente, se mantuvo una feria de berlinas, donde se admiraba el lujo y gentileza de criollos y peninsulares, especialmente de las damas adornadas con filigranas: gargantillas de perlas y granete, zarcillos de oro de media luna, pulseras de plata, etc. Ellas vestían, en ese tipo de reuniones públicas, de Petiflor o de Pollera, siendo éstas de casacas azul, o de brocaso musgo; montellinas de encaje de plata con cuatro dedos. Los hombres, por su lado, llevaban chaleco de seda blanca orlados también, de plata, calzones de primavera, capas de castor o de grana con guarnición dorada, o capotón de albornoz, forrado en baqueta ordinaria; corbata y puños de muselina blanca. También usaban pelucas empolvadas a la moda de Versalles, gregüescos a la rodilla, medias de seda, zapatos de tafilete con hebillas de oro o de plata; sombreros de tres picos con plumeros. Además, lucían espadas de cruz y pistolas de Puebla.

    La tradición oral
    La tradición oral complementa que el jardín del patio central estaba sembrado de árboles frutales: naranja de china, limas, granadas e ¡cacos que ponían la nota de verdor y frescura. Las flores eran rosas de Castilla y de Napoleón, centifolia (una flor muy bella de cien pétalos), jazmín y reseda, mosqueta y cundeamor, grano de oro y otras clases como chiquionas, amapolasy doncellas. En el traspatio, además de la cocina, se hallaban las dependencias de los sirvientes, el pozo con grandes pilas para depositar agua y botijones de barro en las esquinas para recoger el agua de lluvia. Daban sombra árboles frutales: aguacate, marañones, jocotes en medio de lianas y diversas aves de corral. Los sirvientes mulatos, descendientes de antiguos esclavos, vestían con aseo; las mujeres, con anchas enaguas de percal y revuelos, lucían güipiles o camisas de esclavina; los hombres, cotonas y calzón de mandil.
    El desayuno se limitaba a un delicioso chocolate servido en pocillo de vieja porcelana dorada con bizcochos, “cosa de hornos” o delicadas rellenitas de maíz con queso y azúcar. Lo anunciaba una campanilla de plata, tocada por la sirvienta principal. A las diez de la mañana tenía lugar el almuerzo y luego se dormía la siesta en confortable hamaca. De siete a diez de la mañana y de una a tres de la tarde eran las horas de oficina. Las señoras y señoritas bordaban en bastidores, tejiendo con agujas de plata y encaje de bolillo. Las mujeres de la plebe aporreaban algodón y lo hilaban en torno; también cosían a mano y planchaban con caracoles de mar, pues eran ignoradas las planchas de hierro. En suma, los leoneses preferían guardar o enterrar la plata, y algunos macacos de oro, antes de invertirla en negocios, ya que la mayoría de ellos practicaba el refrán: “Casa cuanto quepas, dinero cuando puedas”.
    Según el obispo Morel de Santa Cruz, las calles de León en 1751 todavía no estaban empedradas, pues las observó llenas de lodo en invierno y polvosas en verano. El Palacio Episcopal —añadía el dignatario— se ubicaba en la esquina de la cuadra del lado derecho de la plaza, contiguo a la Capilla del Sagrario, edificado sobre adobes, con balcones a las calles y albergando catorce piezas. Tenía jardín interior y en el centro de éste una pila para agua. En el traspatio funcionaban la cochera y la caballeriza. Entre sus buenos muebles y adornos, había 60 asientos de superior clase, y las colchas que se usaban eran de seda. Este edificio se distinguía de los demás por su prominencia.
    En lo civil, además del Gobernador —que ganaba dos mil pesos anuales— funcionaba el Ayuntamiento. Tenía casa propia de gran tamaño donde se celebraban los cabildos y otras dos para detener a las personas de distinción cuando se les arrestaba. Estaba integrado por dos alcaldes ordinarios, el primero de los cuales se titulaba Teniente de Gobernador, dos alcaldes de la santa Hermandad —una especie de policía espontánea que no percibía salario—, un Alférez real, un Alguacil mayor, un Depositario general, seis regidores y un escribano. La Real Hacienda era administrada por un Tesorero que recaudaba los fondos y un Contador que fiscalizaba ambos 600 pesos anuales. Algunas veces estas funciones fueron anexadas. En lo militar, auxiliaban al Gobernador un Maestre de Campo, un Sargento mayor, un Comisario de caballería, nueve compañías de infantería y dos de caballería.
    También León tenía Sala de Armas y Casas para la Contaduría y Tesorería. Las casas particulares eran 324 de tejas y 995 de paja. La ciudad se extendía en nueve calles de Oriente a Occidente y nueve de Norte a Sur, siendo la calle principal —la que iba del Calvario de Sutiava— la más larga y transitada. Varias de estas calles estaban niveladas y las demás enmontadas.
    Había en su jurisdicción 142 haciendas de ganado mayor y gran número de chacras, cultivándose además el maíz y el frijol. Asustaban al vecindario los muchos rayos que se producían en las tormentas de invierno, y fatigaba al obispo el excesivo calor del verano, calor que se atribuía a los volcanes circunvecinos. Cuando ocurrían temblores, la población se refugiaba en los ranchos de paja que se construían improvisadamente dentro de los traspatios de sus viviendas.
    Los frutos comestibles eran abundantes y baratos, y el agua de muy buena calidad. Los vecinos no cuidaban el adorno exterior e interior de sus viviendas, porque entendían que proceder con más dispendio era empobrecerse. Algunas familias, aquellas que no poseían coches o berlinas, usaban quitasoles, o sea paraguas. Las costumbres responsables de la ciudad aseguraban una larga vida a sus habitantes que sumaban entonces 1319 familias con 5439 personas de confesión y comunión, incluyendo los barrios indígenas del Laborío y San Juan.
    Cincuenta años más tarde, Domingo Juarros contabilizó en León 1061 Españoles, 626 Mestizos, 5740 Mulatos y 144 Indios, que hacen por todos 7521 individuos.