viernes, 14 de septiembre de 2012

El Sargento Andrés Castro: vida y gesta en San Jacinto



Poco se menciona y menos se conoce la vida del Sargento Primera Andrés Castro Estrada. En Managua, su ciudad natal, no se ha bautizado ni una sola calle con su nombre. La política de turno erige monumentos a los «héroes» que han matado a nicaragüenses defendiendo regímenes oscuros; no existen monumentos a los héroes verdaderos que han defendido la soberanía patria nicaragüense de invasores extranjeros. Ese monumento a Andrés Castro, a la entrada de la hacienda San Jacinto (foto), no lo erigió ningún gobierno, sino los estudiantes y maestros del Instituto Nacional Central Ramírez Goyena en 1956, conmemorando el centenario de la Batalla de San Jacinto y la estatua es obra de escultora Edith Gron.
Andrés Castro Estrada nació en 1831 en la ciudad de Managua, don Regino Castro fue su padre y doña Javiera Estrada, su madre. Castro fue reclutado a los 23 años en el ejército Legitimista del Gral. Fruto Chamorro Pérez para atacar a los insurectos Democráticos que se rebelaron contra el régimen de Chamorro Pérez quien murió tras ser derrotado en Occidente. Al comenzar la guerra contra los filibusterios de William Walker, el joven Castro se presenta ante el Gral. Tomás Martínez Guerrero y se integra de lleno a la guerra, distinguiéndose el 21 de Octubre de 1855 en el combate contra los norteamerianos en Tipitapa y como consecuencia fue ascendido a Sargento Primero.
Pero fue en la Batalla de San Jacinto donde Andrés Castro encontró su ingreso a la inmortalidad. En el Parte de Guerra de San Jacinto, el Gral. José Dolores Estrada relata la acción heróica del Sargento Castro...

«el muy valiente sargento primero Andrés Castro, quien por faltarle fuego a su carabina, botó a pedradas a un (norte) americano que de atrevido se saltó la trinchera para recibir su muerte».

En San Jacinto la lucha fue total y a muerte. La superioridad en hombres y armas de los filibusteros no permitía dar tregua. Cuando Andrés Castro se enfrentó a un filibustero armado con un -entonces-- moderno revólver. Arma desconocida en Centroamérica y con ella apuntó al pecho desnudo del Sargento Castro, que no tuvo tiempo de recargar su viejo fusil de chispero ni tenía al yankee al alcance de su cutacha. Impelido por la defensa de su vida amenazada por el revólver del yankee, veloz como un relámpago, recogió una piedra del corral y la disparó con fuerza y precisión, impactando la frente del invasor que cayó sangrante, pero aún tienía el revólver en la mano y por ello lo remató con la cutacha.

El Sargento Primero Andrés Castro Estrada tenía 25 años cuando luchó contra los invasores norteamericanos en San Jacinto donde resultó herido en una pierna, pero no recibió ningún ascenso.

Tres meses después de San Jacinto, en Diciembre de 1856, se casó con Gertrudis Pérez, también de Managua.

Casado y con dos hijos, Andrés Castro adquirió una finquita al Sur Oeste de Managua, en un rincón de donde después fue la hacienda El Retiro, propiamente cerca de donde estuvo el Hospital El Retiro.

Como el heróico Sargento Andrés Castro no era granadino ni pertenecía a las oligarquías de la época, sino un obrero de Managua, su genealogía se disipó con el tiempo, pero su gesta la recogió con veneración su pueblo.

Andrés Castro fue atacado por la espalda por un anónimo enemigo cuando transitaba hacia Las Sierras de Managua. Murió en 1876 cuando apenas tenía 45 años de edad. Sus restos están enterrados en el Panteón San Pedro de Managua.

Ningún gobierno ha publicado ninguna biografía ni bautizado calles ni le ha levantado un monumento en su Managua natal. 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El general Luis Mena y la guerra de 1912



La llamada “Guerra de Mena” —de la cual se derivó la gesta de Benjamín Zeledón en defensa de la soberanía nacional y cuya consecuencia fue la consolidación de la oligarquía conservadora bajo la tutela de Estados Unidos— todavía no es muy conocida. Tampoco ha trascendido a la conciencia colectiva el nombre de su principal protagonista, excepto en la frase coloquial: “¡Esta, dijo Mena!”
¿Quién era Mena?
Luis Mena era granadino, pero de Nandaime. Debió nacer en 1865, pues en 1911 frisaba los 46 años. Su padre, dueño de una mediana hacienda ganadera, había sido alcalde de su ciudad natal. Según Carlos Cuadra Pasos, “tuvo una niñez rústica en Nandaime. Apenas pasó los cursos de primaria en las escuelas públicas”; más tarde Mena formaría parte de los pioneros del cultivo del banano en la región de El Rama; así en 1894 —a sus 29 años— participó en la Reincorporación de La Mosquitia.
Con ello adquirió figuración suficiente para su ascenso social “que él logró contrayendo en Granada un matrimonio ventajoso con una hija del general Eduardo Montiel” (1835-1900). Margarita se llamaba y era hija fuera de matrimonio. Tres hijos nacieron de esa unión. Pero los aristocráticos granadinos lo tildaban de “negro” y de “indio semisalvaje”, no apto para pertenecer a su círculo civilizado.
En su carácter de militar conservador, Mena combatió el régimen de J. Santos Zelaya. Por ejemplo, el 30 de junio de 1902, desde Bocas del Toro, Panamá —entonces Colombia— zarpó en el cañonero “Pinzón”, comandado por el general colombiano Luis Gómez; en él iban otros expatriados nicaragüenses antizelayistas. El 7, cerca de El Bluff, el “Pinzón” desembarcó más de 30 hombres; mas fueron capturados —entre ellos Mena— y algunos muertos. Poco después, Mena y Reyes lograron escapar de la cárcel de Bluefields.
Pero el cargo más alto que obtuvo fue el de General en Jefe de los Ejércitos Revolucionarios durante la revuelta libero-conservadora contra Zelaya, iniciada en octubre de 1909 y concluida en agosto de 1910. De hecho, correspondió ser la figura bélica de mayor relevancia en dicha revuelta, ya que su rival Emiliano Chamorro había sido derrotado por las fuerzas del doctor José Madriz en la batalla de Tisma. Tal fue el origen de la hegemonía del general Mena, como se verá, a lo largo de 1911 y la mitad de 1912.
“La guerra a Mena”
Transcurrida la guerra que lleva su nombre, Mena vivió hasta mediados de 1913 como prisionero del Gobierno estadounidense de la zona del Canal de Panamá. Hacia allí lo habían conducido los marines, partiendo de Corinto en el barco de guerra Cleveland, el 26 de septiembre de 1912. Lo acompañaba su hijo Daniel Mena Montiel.
Tras un tiempo en Costa Rica, regresó a Nicaragua. En 1918, ya retirado de la política, poseía una hacienda junto al Paso de Panaloya, al norte del departamento de Granada. En una ocasión se encontró con Cuadra Pasos, dueño de otra propiedad cercana: —¿Cuándo es que naciste, Pablito?— le preguntó Mena al hijo mayor de Cuadra Pasos, entonces de seis años. —Yo nací cuando la guerra de Mena. Entonces el exgeneral le dijo: —Mirá Pablito, dile a tu papá que te enseñe bien la historia de Nicaragua para que diga la guerra a Mena.
En su hacienda, discutiendo con un vecino, murió de un balazo Luis Mena el domingo 20 de marzo de 1928. Sin pena ni gloria. Tenía 63 años.
Hegemonía del “Dictador Verde”
Mena fue uno de los cuatro líderes que firmaron los Pactos Dawson (octubre de 1910) que implantaban la Diplomacia del Dólar en Nicaragua; y pronto impuso su hegemonía: era dueño de las armas (como Ministro de Guerra), manejaba la Asamblea Nacional Constituyente y distribuía entre sus amigos los dineros de la Tesorería Nacional, que llegaron a sumar —entre legales y falsificados— 45 millones de pesos. Para contrarrestar la fortaleza de Mena, a quien sus partidarios llamaban el “Dictador Verde”, Díaz recurrió al apoyo estadounidense y así pudo evitar que Mena llegase a la Presidencia. Lo mismo hizo el clan Chamorro. “Ya Luis Mena está enrollando su trompo —dijo Emiliano en una reunión del clan. —¿Qué debemos hacer? ¿Lo dejamos que tome el poder, o nos oponemos a él?” La respuesta del clan fue unánime en su decisión de impedir que Mena fuera presidente.
El menismo en Granada
La guerra fue corta y terrible. Duró todo agosto, septiembre y primeros días de octubre, precedida por un fenómeno incidental que contribuyó a desatar el hambre: una sequía, iniciada en mayo. Sus pérdidas materiales fueron calculadas en dos millones de dólares y las humanas entre cuatro mil y cinco mil muertos. El comercio exterior se paralizó cuatro meses. Los obreros agrícolas fueron reclutados por las fuerzas en pugna, el menismo perpetró saqueos (en León y Granada principalmente) y la élite gobernante fue sometida a diversas formas de humillación y agresiones, sobre todo en la misma Granada.
Allí los responsables de esa violencia fueron los conservadores menistas o nuevos ricos, liberales y artesanos que actuaban por su cuenta, lo mismo que la tropa. Se trató, en realidad, de un asalto revolucionario al orden social jerárquico. En su libro Enfrentando el sueño americano, lo refiere el historiador suizo Michel Gobat; pero los ejemplos se localizan también en el Boletín del Ejército, órgano del Gobierno de Díaz. Se violaron a niñas de colegio, se pusieron a desfilar desnudos desde sus casas al cuartel de San Francisco a prominentes comerciantes, se obtuvieron rescates en miles de pesos de los prisioneros políticos para libertarlos de las torturas, el robo no respetó a los extranjeros, etc., etc.
En el Boletín del Ejército, núm. 4, del 1ro. de septiembre de 1912, se lee: Hoy Granada contempla a sus hijos más estimados en el fondo de la cárcel; sus capitales, sus haberes están pasando en manos de la demagogia imperante; los niños vagan por las calles en súplica de alimentos; las clases pobres se desprenden de sus modestísimas alhajas para trocarlas por caros comestibles.
Hechos clave
El menismo —integrado por liberales y conservadores partidarios del exministro de Guerra general Luis Mena— se enfrentó a las fuerzas del presidente Adolfo Díaz a partir del 29 de julio cuando fue destituido de su cargo y decidió acuartelarse en Granada, habiendo trasladado previamente gran parte del armamento y pertrechos custodiados por su hijo Daniel. Pero si Mena dominaba en Granada y Zeledón en Masaya —tras su fracasada toma de Managua del 11 al 14 de agosto—, El Bluff, en la Costa Atlántica, había caído en poder del coronel menista José Surribes. Otro coronel menista, Crisanto Zapata, se había apoderado de la fortaleza El Castillo sobre el río San Juan. Los liberales menistas de León, a partir del 17 de agosto de 1912, derrotaron a los diístas matando a su jefe el general hondureño Juan Manuel Durón. Otros grupos del “Ejército Aliado”, después de cruenta lucha, se apoderaron de Chinandega y también de Rivas. Todos ellos deseaban la Presidencia al general Luis Mena, como había designado la Asamblea Nacional Constituyente con funciones de Legislativa. Mena tomaría el cargo el 1ro. de enero de 1913 y tres meses después convocaría a elecciones.
“La presencia de las tropas regulares de Estados Unidos hizo cambiar el carácter civil de la contienda, por una jornada nacional en que patriotas de todos los partidos políticos se aprestaban a combatir en defensa de la soberanía” —resumió Mena en su carta al presidente Wilson en marzo de 1913. En efecto, cuando el “Ejército Aliado comenzó a capturar los vapores del Gran Lago y a convertirlos en barcos de guerra, el presidente Díaz solicitó la intervención armada de los Estados Unidos, el 3 de agosto.
El mayor Butler en Nicaragua
Díaz fue prontamente atendido. El 4 de agosto una pequeña fuerza de chaquetas azules del Annapolis desembarcó en Corinto dirigiéndose inmediatamente a Managua para custodiar la Legación y el Gobierno de Díaz, refugiado en ella. Tres días después una fuerza combinada de marinos e infantes de Marina del Tacoma ocupó Bluefields. El 14 de agosto, un batallón completo de la Infantería de Marina, comandada por el mayor Smedley D. Butler, desembarcó en Corinto.
En Granada, Mena permanecía postrado, enfermo de fiebres reumáticas —tenía 47 años— en su cuartel del Convento de San Francisco. Hasta allí había llegado el 16 de agosto Butler con la demanda de que “entregara sus tropas al Gobierno”, la cual Mena rechazó. Butler, desde Managua, trató de reabrir las comunicaciones con Corinto, donde estaban desembarcando más tropas norteamericanas. Los liberales, en control de León, las habían cortado. Cuando una pequeña fuerza de los Infantes de Marina intentó la toma del tren en las afueras de León, fue obligada a regresar a pie a Managua. Esta retirada humillante enfureció a Butler. Tomando a su cargo una tropa suficientemente numerosa, Butler marchó hacia León, forzando al “Ejército Aliado” a rendirse. De esta forma, reabrió la línea férrea por la cual entrarían al país, en total, 412 marines y 2,600 soldados, además de grandes cantidades de pertrechos bélicos, para reforzar a las tropas del Gobierno de Díaz, comandadas por el general Emiliano Chamorro.
“Un pandillero al servicio del capitalismo”
Butler fue el jefe estadounidense que se tomó El Coyotepe el 4 de octubre de 1912 y, hasta ahora, ha sido el militar más condecorado de su país. De él es famosa su declaración al Congreso en 1935: He servido durante 30 años y 4 meses en la unidad más combativa de las fuerzas armadas norteamericanas: en la Infantería de Marina. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo como bandido altamente calificado al servicio de los grandes negocios de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo. En 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México, Tampico en particular. Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía birlar tranquilamente los beneficios. Participé en la “limpieza” de Nicaragua, de 1909 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos, aporté a la República Dominicana la “civilización”. En 1923 “enderecé” los asuntos de Honduras en interés de las compañías fruteras norteamericanas. En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standard Oil. Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunas sugerencias a Al Capone. Él, como gángster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como marine, operé en tres continentes. El problema es que cuando el dólar americano gana apenas el seis por ciento, aquí se ponen impacientes y van al extranjero para ganarse el ciento por ciento. La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera.

sábado, 11 de agosto de 2012

El fusilamiento de William Walker en Trujillo, Honduras



Tras su capitulación el 1º de mayo de 1857 en Rivas, y su inmediato rescate por Charles H(enry) Davis, comandante de la corbeta de guerra estadounidense St. Mary’s, William Walker y sus hombres intentaron invadir Nicaragua tres veces más.
El 14 de noviembre del mismo año -1857- partió de Mobile en el Fashion con 185 flibusteros, una decena de “civiles” y especuladores, un lote de 1,000 armas y provisiones suficientes para alimentar 400 hombres durante tres meses. Sin embargo, el Comodoro -también norteamericano- Hiram Paulding le obligó a rendirse el 8 de diciembre en San Juan del Norte. El 7 de enero de 1858, en un mensaje especial al Congreso, el presidente James Buchanan afirmó que esa segunda expedición militar de Walker a Nicaragua era “una usurpación de la autoridad para librar una guerra, decisión que le pertenece sólo al Congreso”.
Absuelto en Nueva York y apoyado de nuevo en el Sur, Walker reincidió. En folleto publicado en Nueva Orleáns (abril, 1858) sostuvo su obstinada determinación de retornar a Nicaragua en plan bélico. Pero el Susan -barco que había contratado y que transportaba 112 filibusteros- se estrelló en un arrecife caribeño. Sus náufragos fueron repatriados gratis a los Estados Unidos en la corbeta británica Basilisk, que fondeaba en Belice.
Se hace católico por razones políticas
Mientras Walker planeaba una cuarta expedición que sería la última, la Asamblea Nacional Constituyente de Nicaragua había promulgado una nueva Carta Magna el 19 de agosto de 1858, y en octubre la prensa norteamericana difundió su contenido. Los artículos más importantes para Walker fueron el 6 y el 9; si uno declaraba oficial la religión católica, el otro que sólo quienes profesaran la religión de la república podían ser ciudadanos y, en consecuencia, ejercer cargos públicos. Por esta razón, William Walker se hizo católico el 31 de enero de 1859 abjurando de su fe presbiteriana, en ceremonia solemne de la Catedral de Mobile. Su padre, el escocés James Walker, resintió esta decisión, ya que ambos estaban obligados por un pacto a guardar fidelidad a su iglesia.
A principios de 1860 el converso oportunista se hallaba en Nueva Orleáns con su compañero Callender Irving Fayssoux cuando éste le informó que Mr. Elwyn, comerciante inglés, vecino de las Islas de la Bahía -frente a las costas de Honduras- requería del auxilio de Walker para evitar que Honduras tomara posesión de las islas: Roatán, Guanaja y Utila. Las islas serían devueltas por Inglaterra, en virtud del convenio celebrado entre ambas naciones el 28 de noviembre de 1859. Tan pronto se arriara la bandera inglesa y se izara la hondureña, sus súbditos ingleses declararían su independencia y se enfrentarían a Honduras con la cooperación mercenaria de Walker; posteriormente, colaborarían con Walker en su empresa de Nicaragua.
Última expedición
El filibustero se entregó por completo a organizar la nueva expedición. Con el nombre supuesto de “Mr. Williams” y acompañado del coronel Thomas Henry -filibustero de casta- y de otros tres cofrades, se embarcó en la John A. Taylor a Roatán, donde el 16 de junio se enteró que sus habitantes, negros en su mayoría, eran hostiles: creían que los recién llegados intentaban esclavizarlos. Las autoridades inglesas detectaron la presencia de los filibusteros, averiguaron las actividades de Elwyn y reaccionaron de acuerdo. Walker partió en la Taylor a Cozumel, Yucatán, para esperar 49 filibusteros que desembarcaron el 23 de junio. Dos contingentes se le sumaron luego, de manera que el 5 de julio su fuerza era de 101 hombres (incluido él mismo).
El traspaso de las Islas de la Bahía a Honduras había quedado fijado para el 30 de julio. Pero el 7 del mismo mes el cónsul inglés en Comayagua, Edward Hall, informó al Gobierno hondureño de la presencia cercana de Walker. Por ello el ministro de Relaciones Exteriores del presidente Santos Guardiola pidió al gobernador de Jamaica que dichas islas siguieran en posesión de Inglaterra hasta que desapareciera el peligro filibustero. Al no ocurrir el traspaso, el tres de agosto Walker decidió invadir Honduras.
Walker se toma Trujillo
El 6 de agosto Walker desembarcó a cinco kilómetros del Puerto de Trujillo, cuya guarnición de su vetusto fuerte -cuarenta soldados al mando del comandante Norberto Martínez- no pudieron impedir su toma. En la acción, los invasores tuvieron 6 muertos y 3 heridos graves, mientras los locales 2 muertos y 4 heridos. Inmediatamente, la caja fuerte de la fortaleza fue forzada y saqueada, y de parte de la soldadesca filibustera hubo otros robos habituales.
Al día siguiente, Walker lanzó una “Proclama al pueblo de Honduras”, afirmando que su presencia en Trujillo constituía apenas un paso preliminar para volver a posesionarse de Nicaragua; primero, se proponía botar a Guardiola en beneficio de los pobres isleños de las Islas de la Bahía; y segundo, en su propio beneficio y en el de sus filibusteros, ansiosos de “retornar a su patria adoptiva”. Pero carecía de amigos en Centroamérica. “Es universalmente odiado y aborrecido, y si lo capturan de nuevo, le llegó su fin” -expresaba un estadounidense residente en Honduras en carta al editor del Nueva York Herald.
La vana búsqueda de Cabañas por el coronel Henry
Walker confiaba que la noticia de su desembarco promovería que viniesen voluntarios y esperaba que generase donativos “que necesitamos del pueblo sureño” -escribió a Fayssoux desde Trujillo-. Simultáneamente echó a rodar la falsa noticia de una revolución jefeada por el ex presidente hondureño Trinidad Cabañas, enemigo de Guardiola; pero Cabañas se hallaba expatriado en El Salvador.
Creyendo en su ilusorio invento, envió al coronel Thomas Henry en busca de Cabañas. Veterano de la guerra de los Estados Unidos con México, Henry regresó días después de muy mal humor. Antes de presentarse a Walker, se emborrachó y peleó con un joven teniente filibustero que le pegó un tiro. La bala le destrozó la mandíbula. Henry era un hombre impulsivo que constantemente se veía envuelto en broncas, duelos y discusiones. Dos semanas vivió Henry sin hablar. Ensangrentado tampoco podía escribir. Walker puso un frasco de morfina a su lado. Le oprimió afectuosamente el hombro. Y salió. El moribundo, haciendo un esfuerzo, se incorporó y vertió la droga en una taza de hojalata que contenía limonada. La meneó, y se la bebió hasta el fondo. Volvió la cara a la pared, se echó una frazada encima y se durmió el 26 de agosto para no volverse a despertar.
El capitán inglés Norvell Salmon y el Icarus
El Icarus -vapor de guerra inglés- arribó a Trujillo el 20 de agosto. Lo comandaba el capitán Norvell Salmon, quien bajó a tierra para evaluar la situación. Encontró a Walker con unos noventa hombres del fuerte y la ciudad desierta, excepto el cónsul inglés. Este le informó a Salmon que de las rentas de la aduana del puerto, hipotecadas por Honduras al Gobierno británico, los filibusteros habían extraído 3,855 pesos. Salmon, al día siguiente, exigió a Walker rendirse; pero la mañana del 22 comprobó que el filibustero se había marchado con su gente. Perseguidos por las fuerzas hondureñas -unos 200 soldados llegados del interior al mando del general Mariano Álvarez-, los walkeristas y sus fieles fueron capturados, con la ayuda del Icarus, a las 3 pm del 3 de septiembre de 1860. Ese día Walker se rindió a Salmon, oficial de la Marina Británica, entregándole su espada y su revólver.
Ya en Trujillo, Salmon firmó un convenio en el que consentía entregar a los filibusteros al general Mariano Álvarez. A Walker y al coronel A. F. Rudler, jefe del Estado Mayor filibustero, se los entregaba “incondicionalmente, para que sean tratados conforme a Derecho”; a los demás, “sujetos a las condiciones de que sean permitidos volver a los Estados Unidos, al dar su juramento de que no servirán en ninguna expedición futura contra ninguno de los Estados de Centro-América”. Mientras tanto, Martínez había enviado a Comayagua una nota en la que daba cuenta de los hechos “al señor general presidente”. El correo especial, a revienta caballos, regresó en seis días con una orden, refiriéndose a Walker y a Rudler: Páselo por las armas inmediatamente.
El proceso
El jueves 6 de septiembre el coronel Norberto Martínez y con el escribano José María Sevilla comenzaron el proceso, pasando a la cárcel de la fortaleza a interrogar a los reos. Walker declaró en español y sin intérprete. Dijo ser de 36 años, soltero, natural de Nashville y católico, y que se hallaba preso por infracción de las leyes de Honduras. Cuando la esposa de Martínez, doña Adela Prudot -hermana o familiar del agente consular estadounidense Eduardo Prudot- supo que Walker era católico, le envió una estatuita de la Virgen de Dolores que él veneró en su celda durante los últimos trances de su vida (Bolaños Geyer, 1999: 230). Añadió -contestando varias preguntas de Álvarez- que “como ciudadano y general de Nicaragua”, creía tener derecho a pasar a esa república; apoyado por estadounidenses de un partido creado en los Estados del Sur coincidía en sus fines con la Constitución de la Gran Logia “Red Star” (“Estrella Roja”), cuya copia se había encontrado entre sus papeles capturados.
El viernes 7, por medio del intérprete Joseph M. White, súbdito inglés, fue interrogado Antonio Francisco Rudler, de 38 años, soltero, nacido en Georgia, comerciante y católico; y “que en la guerra de los Estados Unidos en México obtuvo el grado de capitán”. Negó haber sido el segundo jefe de la falange invasora, pero reconoció haber atacado el puerto con el grado de Ayudante General de Walker, sin motivo alguno, sólo obedeciendo orden de Walker.
Ambos fueron interrogados por Martínez en los días subsiguientes. Walker fue acusado de haber cometido un acto de piratería “o filibusterismo” que negaría, incluso en su defensa escrita. Martínez le recordó a Walker algunos de sus actos más graves perpetrados en Nicaragua, y el reo explicó que consideraba esos actos legales. Fue entonces condenado el 11 de septiembre a “ser pasado por las armas ejecutivamente”. A Rudler se le condenó a cuatro años de prisión, pero luego fue indultado. A los demás 68 walkeristas se les permitió regresar a los Estados Unidos.
El cura nicaragüense Pedro Ramírez
El 12 de septiembre de 1860 un sacerdote católico (por cierto el nicaragüense de 45 años, nacido en León, Pedro Ramírez) asistió a Walker en sus últimos momentos. El filibustero se mantuvo erguido e impasible frente a los soldados andrajosos que iban a ejecutarlo frente al paredón de un abandonado cuartel a un cuarto de milla de la población. Había marchado con paso seguro con un crucifijo en la mano izquierda y su sombrero en la derecha, sin ver a nadie, sólo oyendo los salmos penintenciales del cura Ramírez.
Cuadrándose en el centro que formaba el pelotón de diez soldados en el patíbulo, dijo en voz baja, pidiéndole al sacerdote repetirlas: -Soy católico romano. Es injusta la guerra que he hecho a Honduras por sugestiones de algunos roataneños. Los que me han acompañado no tienen culpa, sino yo. Pido perdón al pueblo. Recibo con resignación la muerte. Quiera que sea un bien para la sociedad.
Diez balas atravesaron su cuerpo, y el oficial al mando le asestó en la sien el tiro de gracia. El cónsul de los Estados Unidos pagó diez dólares y con dos y medio reales por el rústico ataúd en que fueron introducidos sus despojos. Su entierro fue decoroso conforme el rito de la iglesia.

miércoles, 25 de abril de 2012

Personajes que vivieron en León Viejo.


Mañana, 26 de abril, se cumplen 45 años de la relocalización de las Ruinas de León Viejo, primera capital de la Provincia de Nicaragua, fundada en 1524 por el capitán español Francisco Hernández de Córdoba, y destruida en 1610 por una serie de terremotos y erupciones del Volcán Momotombo. Pese a su corta existencia, en León Viejo residieron, y algunos hasta tuvieron casa propia en la trágica ciudad, varios personajes que más tarde alcanzaron relevancia en la historia de los primeros años de la Conquista española.
El célebre defensor de los indios, el dominico Fray Bartolomé de las Casas, visitó varias veces León Viejo. En 1530, de paso para el Perú y luego en su viaje de regreso, en 1533.  Fue entonces que fundó el Convento de San Pablo, a instancias del primer obispo de León, monseñor Diego Álvarez de Osorio (1532-1539).
Sus prédicas en contra de la expedición al “Desagüadero”, por sus graves consecuencias para los indígenas, lo enemistaron con el segundo gobernador de Nicaragua, Rodrigo de Contreras, quien lo acusó ante el obispo Álvarez de Osorio de interferir las decisiones de la Corona, empeñada en que la expedición se llevara a cabo. Las desavenencias con el gobernador movieron al padre De las Casas a retirarse de Nicaragua, dejando abandonado su convento.
De su paso por Nicaragua no solo quedó el Convento de San Pablo, de humildísima factura, sino algo más importante: su famosa “Carta a un personaje de la Corte”, fechada en la ciudad de Granada, el 15 de octubre de 1535. En la Carta, De las Casas dice que “este reino de Nicaragua es la médula y riñonada de todas las Indias, puesto que de todas las Indias estimo por la más opulentísima tierra del mundo, si no es aquella desventurada tierra del Perú.  Es esta Nicaragua un paraíso del Señor”.
Otro importante residente en León Viejo fue Sebastián de Benalcázar o Belalcázar (Sebastián Moiano). Fue uno de los primeros vecinos de León, adonde llegó acompañando a Hernández de Córdoba. Fue el primer Alcalde Mayor del Cabildo de León, organizado días después de su fundación. Tuvo casa en León y mujer indígena, con quien procreó varios hijos mestizos, que años después hizo trasladar a su Gobernación de Popayán.  Benalcázar, a las órdenes de Pizarro, participó en la conquista de Quito (1534), y fundó las ciudades de Popayán y Cali (1536), estas dos últimas en la actual Colombia.
En ambas ciudades existen estatuas de este célebre capitán, cuya carrera en el Nuevo Mundo se inició en León Viejo, donde vivió varios años, marchándose en 1531 ó 1532 para participar en la gran aventura de la conquista del Perú, junto a Pizarro. En la ciudad de Cali, las familias de abolengo dicen remontar sus orígenes a este capitán español. Los capitanes Hernando de Soto y Hernán Ponce de León fueron dueños de una amplia casa en León Viejo, no muy lejos de la iglesia de La Merced, calle de por medio, cuyas ruinas han sido puestas al descubierto. Hernando de Soto participó también con Pizarro en la conquista del Perú.  Ya rico pasó a España, donde se casó con la hija menor de Pedrarias Dávila, Isabel de Bobadilla.
Luego fue gobernador de Cuba, de donde salió en 1539 a la conquista de la Florida, de la que fue su primer Gobernador. Es el descubridor del río Mississippi, a cuyas orillas murió en 1542. Era muy dado, siguiendo el ejemplo de Pedrarias, a “aperrear” a los indios.  Oviedo dice de él: ...“graduado en las muertes de los naturales de Nicaragua”...  El capitán Hernán Ponce de León también acompañó a Pizarro en la conquista del Perú y disfrutó, junto con su compañero Hernando de Soto, del reparto del tesoro del Inca Atahualpa, en Cajamarca.
También residió en León Viejo, durante más de un año (1528-1529), el gran cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, siendo testigo de muchos de los hechos que narra, en la parte dedicada a Nicaragua de su monumental crónica “Historia General y Natural de las Indias”. (3ra. Parte del Libro 4º). También insertó íntegro el interrogatorio que el fraile Francisco de Bobadilla, por órdenes de Pedrarias Dávila, hizo a los indios que recibieron el bautismo durante la visita de Gil González Dávila.
El interrogatorio era para averiguar si realmente se les podía considerar como cristianos. Las respuestas llevaron al gobernador al convencimiento de que habían olvidado todo lo referente a la fe cristiana. Pero el documento es muy importante porque permite conocer las ideas y concepciones de los indígenas.
FUENTE:Carlos Tünnermann Bernheim / osirismelisa/210412

sábado, 17 de marzo de 2012

Los “Pactos Dawson” y la diplomacia del dólar


Los cuatro “Pactos Dawson” (27 y 30 de octubre, 1910) fueron los instrumentos que implantaron dicho orden, sometido al dominio político de Washington y al económico y financiero de los banqueros de Wall Street. Los líderes de la revolución triunfante (Adolfo Díaz, Luis Mena y Emiliano Chamorro) firmaron dichos “Pactos” o convenios ante el Agente Especial Thomas Dawson —su artífice— y el Encargado de Negocios Thomas P. Moffat, ambos representantes del poder interventor. Uno de los convenios, el de carácter financiero, seguía al pie de la letra la política exterior de la potencia del Norte: la llamada dollar diplomacy.La concertación del mencionado empréstito se hizo entre el gobierno de Nicaragua —presidido desde el 9 de mayo de 1911 por Díaz— y los banqueros de Brown Brothers & Company y J.  W. Seligman & Company, de Nueva York, por la cantidad de US$1,500,000, con la garantía de las rentas aduaneras y bajo el estricto control de un Recaudador de Aduanas, nombrado por Washington y de nacionalidad norteamericana. El coronel Cliffor D. Ham, exfuncionario del servicio de Aduanas de Filipinas, ejerció dicho cargo a partir del 23 de noviembre de 1911 durante diecisiete años, y fue relevado por otro ciudadano norteamericano: Irving A. Lindberg
La fundación del Banco Nacional de NicaraguaAl empréstito anterior siguió otro de US$755,000. De esa cantidad se tomaron US$100,000 para la creación del National Bank of Nicaragua, Incorporated. Una vez aprobado por el Ejecutivo y el Legislativo el 29 de noviembre de 1911, se fundó el 8 de enero de 1912 conforme a las leyes del Estado de Connecticut. James Brown, Frederic Strauss y Thatcher M. Brown se presentaron ante el notario A. Canas para verificar dicha incorporación con domicilio en la ciudad de Hartford, en el condado del mismo nombre. El 49% de las acciones estaba en poder del gobierno de Nicaragua y el 51 en manos de los banqueros.Los derechos exclusivos del Banco Nacional de Nicaragua, Incorporado eran: servir de agente fiscal, pagador del gobierno y depositario en Nicaragua de sus fondos; “poner en práctica y mantener el plan que la República adopte para la introducción y conservación de un sistema monetario”; y emitir monedas en metálico y en billetes por el tiempo de la concesión: 99 años.
El córdoba y su paridad con el dólarSe procedió entonces a ejecutar el Plan Financiero propuesto por los peritos J. C. Harrison y Charles A. Conant, instalados en Managua desde finales de 1911. Así fue promulgada la Ley de Conversión Monetaria el 20 de marzo de 1912, que creaba la unidad monetaria córdoba, divisible en cien partes iguales y equivalente a un dólar. Se optó por esta paridad porque el comercio del país se hacía principalmente con los Estados Unidos, y, al evitarse el tipo de cambio, se facilitaba dicho comercio.El nombre de la nueva moneda procedía del segundo apellido del conquistador español Francisco Hernández de Córdoba (148?-1526), quien había implantado la dominación hispánica en la zona Pacífico del país, fundando las ciudades de León y Granada en 1524. El billete de un córdoba tenía como figura principal a su izquierda el retrato del referido conquistador, y a su derecha el del cacique Nicarao. Manteniendo la misma imagen a la izquierda, los billetes de 2, 5, 10, 20, 50 y 100 reproducían a su derecha, respectivamente, las efigies de los próceres Manuel Antonio de la Cerda (1777-1828), Miguel Larreynaga (1722-1847), Fernando Chamorro (1824-1863), Tomás Martínez (1820-1873), José Dolores Estrada (1792-1869) y un paisaje del lago de Managua: la isla y el volcán Momotombito.Además de la numeración respectiva, los billetes anteriores llevaban las anotaciones siguientes: “Este billete ha sido emitido de conformidad con la ley del 20 de marzo de 1912, será recibido en pago de los derechos aduaneros y será de curso legal y obligatorio para el pago de deudas dentro de la República de Nicaragua”. (Luego seguían las firmas de Adolfo Díaz, Presidente de la República, y de Pedro Rafael Cuadra, Ministro de Hacienda y Crédito Público). La otra anotación decía: “De conformidad con la ley del 20 de marzo de 1912 y bajo las condiciones que esa ley prescribe, el National Bank of Nicaragua, Incorporated, pagará a la vista al portador de este billete” (aquí el valor). Firma: James Brown, presidente.
La circulación del córdoba en monedas metálicas y billetes
La circulación del córdoba, en monedas metálicas y billetes, se inició el 23 de marzo de 1913. La Casa de Moneda de Birmingham, Inglaterra, fabricó las primeras; el Hamilton Bank Note, Engraving & Printing Co., de Nueva York, los segundos. La cantidad emitida en moneda metálica fue de C$297,750, y la de los billetes de C$4,500,000. Las monedas de plata, en sus diversos valores, llevaban: “En el anverso el busto del conquistador español Francisco Hernández de Córdoba, rodeado de la frase: República de Nicaragua. En el reverso el escudo de Centroamérica, tal como se encuentra en las monedas de la antigua Federación, rodeado el escudo de la frase: En Dios confiamos. Al pie del escudo el valor de cada moneda…” —se leía el artículo sexto del decreto del 28 de febrero de 1913. Cabe anotar que la frase “En Dios confiamos” era la traducción de la del centavo norteamericano con el busto de Abraham Lincoln (“In God we trust”), cuya primera serie databa de 1909. Fueron emitidas monedas metálicas de córdoba, de medio centavo y 1, 5, 10, 25 y 50 centavos de córdoba; y, como se dijo, billetes de 1, 2, 5, 10, 20, 50 y 100 córdobas. 

La conversión monetaria de 1913: 12.50 pesos por 1 córdoba
En cuanto a la conversión monetaria, se realizó en virtud del decreto del 28 de febrero de 1913, que establecía la tasa de cambio de 12.50 pesos por córdoba y se daría en el plazo de seis meses siguientes: del 23 de marzo al 23 de septiembre. Pero el plazo de la conversión fue prolongándose año con año, puesto que se concluyó en octubre de 1915, habiéndose cambiado 49 millones 450 mil pesos en billetes del Tesoro, que fueron incinerados, y 545,000 pesos en monedas de níquel de 5 centavos, las cuales fueron exportadas y vendidas por su valor metálico, lo que dio un total de 59,962,000 de la moneda vieja. Al mes siguiente, se establecía que para los pagos en las oficinas públicas únicamente se admitiría el córdoba.Y así fue. Sin embargo, a la unidad monetaria del país se le denominaría tanto córdoba como peso. Esto explica que el decreto legislativo del 21 de julio de 1926 por el cual se declaraba que el término “peso” —empleado por el pueblo— tendría el equivalente de “córdoba”.Excepto ciertos períodos de fluctuación definitivamente cortos, el córdoba se mantuvo en paridad con el dólar hasta 1934, cuando se dio su primera devaluación a C$1.10 por US$1.00; en 1937 se produjo la segunda: a C$2.00 por US$1.00; y en 1938 la tercera: a C$5.00 por US$1.00. Sus causas habían sido las excesivas emisiones que el gobierno realizó en esa época para mitigar la crisis y las políticas crediticias y presupuestarias mal diseñadas.
 La Ley Max o reforma monetaria de 1940
 De manera que el 26 de octubre de 1940, cuando estaba en ejercicio de la presidencia de Nicaragua Anastasio Somoza García, se acordó una nueva reforma monetaria que derogaba la del 20 de marzo de 1912. Dicha ley conservaba la devaluación del córdoba de 1938, que se mantendría hasta 1950, cuando se dio la cuarta devaluación: C$6.60 por US$1.00. Pero dicha reforma, producto de un estudio del perito financiero chileno, doctor Herman Max, no fijaba el valor del córdoba en relación con el oro de una vez por todas —como en la de 1912—, sino que se dejaba para ser determinado de vez en cuando, conforme a las exigencias del mercado.
He aquí cómo se definía nuestra moneda en esa ley, según el artículo 2: “El córdoba tendrá la relación de cambio con el dólar que fije el Consejo Directivo del Departamento de Emisión del Banco Nacional de Nicaragua, previo acuerdo con el Poder Ejecutivo. Dicha relación será variable y podrá ser modificada (…) cada vez que las circunstancias internas o externas del desarrollo económico del país así lo exijan”.
El Banco y su nacionalización
En seguida, el Banco Nacional de Nicaragua, Incorporado, se transformaba en una verdadera entidad nacional, de acuerdo con los accionistas reunidos en Hartford, Connecticut, el 10 de diciembre de 1940, correspondiendo ejecutar lo acordado al representante diplomático en Washington, doctor León Debayle, luego Gerente General de la institución. Se operaría, pues, una completa nacionalización del Banco, al que se le dotó de la estructura específica de ente autónomo, de tal modo que su ley creadora fue ajustada a lo dispuesto en el artículo 297 de la Constitución política del 22 de marzo de 1939: “Los servicios que constituyen el dominio industrial y comercial del Estado podrán ser administrados por Consejos o directorios autónomos, cuando se dispone por la ley para la mayor eficacia del mismo servicio y para el bien público”.
En efecto, el Banco Nacional de Nicaragua comenzó a funcionar como banco emisor y como banco comercial. Signo de esa nueva era fue la resolución de su Consejo Directivo, correspondiente a su sesión del 31 de diciembre de 1940, en la cual quedó fijada la relación de cambio del córdoba con el oro a 0.2777734 gramos de oro por un córdoba, lo que equivalía al tipo de cinco córdobas por un dólar de los Estados Unidos de América. Naturalmente, esta resolución se sustentaba en la Ley Monetaria del 26 de octubre del mismo año.
Bibliografía: Arellano, Jorge Eduardo: La moneda en Nicaragua / reseña histórica. Managua, Banco Central de Nicaragua. 2000; Cuadra Cea, Luis: Aspectos históricos de la moneda en Nicaragua. Managua, Banco Central de Nicaragua, 1963; Palma Martínez, Ildefonso: Moneda y bancos en Nicaragua. Managua, Editorial Novedades, 1952.

lunes, 26 de diciembre de 2011

A 200 AÑOS DE LA HEROICA REBELIÓN DE GRANADA


Unos mil hombres que conformaban el Batallón de Olancho llegaron a Masaya con la intención de conquistar Granada, al mando del sargento mayor Pedro Gutiérrez. Pero los granadinos --cuenta el escritor Jorge Eduardo Arellano-- ya tenían preparados los cañones en todas las calles y avenidas de la ciudad.
“El 20 de abril, Gutiérrez, acalorado por el licor, ordenó a los capitanes José María Palomar y José Argüelles, que con 200 negros caribes gentiles y 200 pardos soldados de su batallón, pasasen a atacar Granada entre las 3 y 4 de la madrugada del 21 de abril de 1812”.
A pesar de las trincheras que tenían los criollos de la ciudad, los invasores entraron hasta la plazoleta de Xalteva, donde se inició el sangriento tiroteo. Este fue uno de los últimos episodios de la historia nacional que se escribieron durante cuatro meses de alzamientos, revueltas, ataques y muertes que desembocaron en la rebelión del Cabildo de Granada.
Cinco movimientos de antipatía a la Monarquía Española se suscitaron en varias provincias centroamericanas, antes del 21 de septiembre de 1821. En Granada, la gente se amotinó contra las autoridades peninsulares, al mando de don Manuel Antonio de la Cerda y de don
Juan Argüello, participando el sacerdote católico Benito Soto, el 22 de diciembre de 1811, fecha en que los granadinos conmemoran su rebelión.
Fue cuando la región estuvo representada por seis diputados: por Guatemala, el canónigo Antonio de Larrazábal; por Chiapas, Mariano Robles; por Honduras, José Francisco Morejón; por Nicaragua, José Antonio López de la Plata; por El Salvador, el presbítero José Ignacio Ávila; y por Costa Rica, Florencio del Castillo.
Los cinco movimientos insurreccionales que condujeron a la proclamación de la Independencia de Centroamérica, ocurrieron en varios capítulos de nuestros pueblos, como una política anticolonial, a principios del siglo XIX, desde Hidalgo y Morelos, señalan los datos históricos. Toda una pléyade de personajes de esa época, involucrados en las intentonas precursoras de esas imborrables gestas cargadas de heroísmo.
El levantamiento preindependentista tuvo como resultado la deposición de las autoridades en aquella época, surgiendo en el gobierno el obispo Nicolás García y Jerez, quien aceptó el cargo. El sargento mayor Gutiérrez fue enviado a Granada a reducir a los rebeldes, pero los sublevados resistieron, entablándose un arreglo con los jefes de la plaza.
Indica el historiador Ricardo Paiz Castillo, que el gobierno ratificó lo dispuesto por una Junta, otorgando el indulto a los rebeldes, con lo cual no estuvo de acuerdo el capitán José Bustamante, por lo que ordenó el juicio a los amotinados, varios de los cuales fueron sentenciados a cumplir diversas penas.
Hubo muchos apresados y trasladados a las cárceles de España, algunos murieron allá, entre ellos el padre Benito Soto, y los que quedaron vivos recibieron el perdón, dice el historiador, en ocasión del cuarto aniversario de bodas del rey Fernando VII en 1817, o sea que permanecieron presos seis años en los calabozos españoles. 

Los más exaltados
De acuerdo con lo escrito sobre los hechos, en Centroamérica los más exaltados fueron en Guatemala, El Salvador y Nicaragua. El 16 de diciembre de 1811, dice el alcalde de Granada, Roberto Sacasa, reunió al Ayuntamiento y le hizo jurar fidelidad a la Monarquía Española. Las divisiones entre criollos y peninsulares habían llegado al punto del estallido.
Los granadinos pidieron la deposición de todos los peninsulares, explica Paiz Castillo; lograron separar de su cargo al intendente y ratificaron como tal al obispo García Jerez. Cuando él se hizo cargo de la intendencia, envió al padre Benito Soto en calidad de Comandante Pacificador a Masaya, relata en su libro
“Granada la desgranada”, el doctor René Sandino Argüello, y también refiere la inconformidad del capitán Bustamante, que ordenó el ataque de Granada.
Las calles de la ciudad fueron escenarios de combates entre los insurrectos y los monárquicos. Hubo firma de paz, explica Sandino Argüello, se habló de respeto al nuevo  Ayuntamiento y de no represalias, pero confirma que Bustamante no aprobó eso, y ordenó al obispo García Jerez hacer prisioneros a los rebeldes: a Juan Argüello, Manuel Antonio de la Cerda, Joaquín Chamorro, Vicente Castillo, José Dolores Espinosa y otros, y al cura Soto, todos trasladados engrillados a las ergástulas españolas de Cádiz.
Añade: Pero cambiaron la pena de muerte por cadena perpetua; para Argüello y Cerda, 133 fueron a prisión. La señora Josefa Chamorro fue detenida por su apoyo a los rebeldes, y sus bienes le fueron confiscados. Soto y otros murieron en prisión.

Conmemoran bicentenario
Este pasado 22 de diciembre, las autoridades edilicias de La Gran Sultana celebraron el bicentenario de este histórico acontecimiento, que una década después desembocó en la Independencia de las Provincias de Centroamérica. El alcalde, Eulogio Mejía Marenco, presidió una sesión extraordinaria conmemorativa del Concejo, en la que también participaron los doctores Miriam Argüello y Rodolfo Sandino Argüello, ambos descendientes de Cerda y Argüello.
“El Primer Grito Independentista de Centroamérica los granadinos lo celebramos este 22 de diciembre del año en curso, cuando se cumplieron 200 años de que los pobladores de Granada se alzaron contra el dominio colonial español, poniendo fin a 287 años de paz colonial, y reunidos en cabildos decidieron darse autogobierno, trascendental acontecimiento ocurrido en nuestra ciudad a principios del siglo XIX”, dijo.
Durante el evento, los asistentes develaron el mural “Homenaje al Bicentenario de Granada 1811”, de la artista plástica Alba Benavente González, que permanecerá expuesto en carácter de préstamo en el Palacio Municipal de Granada del 22 de diciembre de 2011 al 21 de abril de 2012.
Rebautizaron la “Avenida Héroes de 1811”, localizada en el costado oeste del Parque Central y develaron una placa colocada en el edificio del Palacio de la Cultura “Joaquín Pasos Argüello”. Además, depositaron una ofrenda floral en el obelisco dedicado a los próceres de esta fecha, que se colocó hace 100 años, durante el primer centenario de la magnífica gesta.
OSIRISMELISA/241211

domingo, 4 de diciembre de 2011

Cleto Ordóñez: primer caudillo popular de Nicaragua



El Cabo de Artillería se alzó contra la injusti-cia, destruyó escudos, títulos nobiliarios, y se convirtió en el primer caudillo popular de Nicaragua, con una clara definición por los más desprotegidos en la escala social que dejó la monarquía española. Fue hijo del español Diego de Irigoyen, quien se hizo párroco de Managua, y de una negra. El mulato, fue el representante más idóneo de la composición racial de la Nicaragua de fines de los siglos XVIII e inicios del  XIX

La Academia de Geografía e Historia de Nicaragua organizó un debate historiográfico sobre la actuación histórica de Cleto Ordóñez (Granada, 1778-San Salvador, 1839), figura clave de Nicaragua a raíz de la independencia. Coordinador del evento, el suscrito señaló la complejidad de ese proceso formativo del Estado-Nación de Centroamérica, entidad política plasmada en la Constitución de las Provincias Unidas de Centro de América, el 22 de noviembre de 1824.
A partir del 1° de julio de 1823, tales provincias se habían independizado en forma absoluta tanto de España como del Imperio de Agustín de Iturbide, al que estuvieron adscritas desde el 5 de enero de 1822, cinco meses después de la proclamación en Guatemala de la independencia de la monarquía española, el 15 de septiembre de 1821. Por tanto, en menos de cuatro años, quienes habitaban el territorio del Istmo centroamericano fueron vasallos del rey de España, ciudadanos independientes de esa potencia europea en crisis, súbditos del Imperio Mexicano y ciudadanos de la Federación. Es decir, cuatro identidades políticas distintas a la que siguió una quinta: ciudadano del Estado de Nicaragua, surgido cuando fue decretada su primera constitución el 8 de abril de 1826.

[Cabrales y su premisa compartida]
Asimismo, el suscrito hizo un resumen de la bibliografía historiográfica sobre Ordóñez, destacando la semblanza de Luis Alberto Cabrales (1901-1974), publicada en 1958 con otras nueve microbiografías de próceres nacionales. “Cleto Ordóñez —afirmó— es el primer caudillo popular de Nicaragua, y el heroico defensor del régimen republicano de la lucha contra los imperialistas, partidarios de Iturbide”. Esta premisa fue compartida por todos los expositores.
El Plan de Iguala
Cabrales se refería al Plan de Iguala, firmado el 24 de febrero de 1821 en México, entre Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. Llamado también de “Las tres garantías” (religión, unión, independencia), dicho Plan condujo a los criollos guatemaltecos a entenderse con el último representante de la monarquía española, Gabino Gainza, para proclamar la independencia en esos términos. Así lo había realizado el Estado de Chiapas, perteneciente a dicho Reino.
Pues bien, el 15 de septiembre asistieron en la capital de Guatemala dos bandos: unos pocos que se oponían a la independencia (altos funcionarios y eclesiásticos obstinados, más algunos comerciantes españoles monopolistas) y la mayoría que la consideraba impostergable y habían llegado a proclamarla siguiendo la orientación monárquica del Plan de Iguala. A este segundo bando pertenecía el propio Gainza, quien encabezaba la línea criolla, concepción independentista oficial: planeada previamente por peninsulares y españoles americanos, predominaba entre todas las autoridades coloniales.

La presión del tercer bando no invitado
Sin embargo, un tercer bando —que no estaba invitado— presionó a la última hora para que se variase de criterio, y las mismas autoridades tuvieron que proclamar la independencia tal como la concebían los liberales: sin anexión, o sea: en forma absoluta. Ante la exigencia de la plebe, acaudillada por elementos de la capa media alta urbana —como el doctor Pedro Molina (1777-1854) y su esposa Dolores— la actitud de los criollos tuvo que ceder. De manera que en esta ocasión triunfó la línea independentista liberal.
Pero el 5 de enero de 1822 se impuso el plan anexionista. En esa fecha, los criollos guatemaltecos se adhieren al Plan de Iguala, que proponía como Emperador al propio Fernando VII o a otro miembro de la familia reinante. En León, desde octubre de 1821, la Diputación Provincial, el clero y el claustro de la Universidad habían jurado “la absoluta independencia del gobierno español bajo los auspicios del imperio mexicano”. Optaron por la anexión. Dos de sus principales representantes eran el obispo Nicolás García Jerez (1757-1825) y el intendente Miguel González Saravia (ambos españoles y acérrimos defensores del abolido antiguo régimen).

El triunfo de Ordóñez y el saqueo como botín político
En ese marco de la nueva pugna entre anexionistas y republicanos surgió Cleto Ordóñez como líder de los barrios granadinos y aliado con algunos criollos liberales, entre ellos Juan Argüello y Manuel Antonio de la Cerda (protagonistas del movimiento insurgente de 1811 y 1812). Encabezando el bando republicano, Ordóñez rechazó militarmente en Granada a las fuerzas de González Saravia, el 13 de febrero de 1823. Pero este triunfo desató el saqueo y la expropiación como botín político. Sus partidarios allanaron 39 casas adineradas. Concretamente, mujeres del pueblo se apropiaron de alhajas, telas, vestidos, muebles, enseres de cocina y alimentos; con ellos, en suntuosos banquetes improvisados, se obsequiaba a la muchedumbre manjares y licores de la mejor calidad.

El testimonio de don Pedro Molina
Ordóñez se había tomado el Cuartel de Granada el 23 de enero de 1823 proclamando la república. En sus memorias, Pedro Molina lo consignaría: “Desmoronábase ya el Imperio mexicano, cuando el caballero de Granada [Crisanto Sacasa] imaginó evadirse del pago de una gruesa suma, suscitando una conmoción popular a efecto de que se persiguiese a su acreedor. Por ello se confabuló con un hombre atrevido y de talento que deseaba, por motivos más nobles, arrebatar su patria al yugo imperial, para que se echase sobre el Cuartel de la Guarnición. Sucedió así, y los cabecillas de la conspiración lograron sus fines, escondiéndose el primero y poniéndose al frente el segundo. Este fue Cleto Ordóñez, que de cabo primero de artillería pasó a comandante de las armas granadinas.”
[Los aportes de Reyes Monterrey y Kinloch Tijerino]

Basado en este fehaciente testimonio, el catedrático de la UNAN-Managua, José Reyes Monterrey (1931) observó que dicha iniciativa elevaría a Ordóñez a un primer plano, asumiendo desde entonces la dirección del movimiento popular. Frances Kinloch Tijerino (1949), investigadora del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica-UCA, anotó dos elementos en las fuerzas ordoñistas durante la subsecuente guerra civil de 1824: la participación indígena y el contenido anticlerical.

En efecto, indios flecheros de diferentes zonas (Monimbó, Camoapa, Boaco, Matagalpa y Ometepe) se unieron a sus filas. Y en la crónica en verso del presbítero Desiderio de la Cuadra (1786-1849), este calificó al bando de Ordóñez (o “cletino”) enfrentado al sacasismo (fuerzas lideradas por el criollo Crisanto Sacasa, expartidario del imperio mexicano) de “eclesiasticida”, “hereje”, “materialista” y “anticristiano”. Sencillamente, el ordoñismo combatía la resistencia monarquista del clero colonial.
“¡Abajo los dones!”
Otro elemento del ordoñismo fue el resentimiento social antinobiliario. Pero no se manifestó sino después de que la Asamblea Nacional Constituyente de la Federación Centroamericana decretase la abolición de todos los tratamientos de Majestad, Excelencia, Señoría, etc. Quedó abolida, asimismo, la distinción de Don, no debiendo tener todos los individuos de la república otro título que el de Ciudadano. La consigna era “¡Abajo los dones!”.
En ese contexto, Ordóñez decidió destruir los escudos y otros distintivos nobiliarios de algunas familias granadinas de origen español (exceptuando las de sus aliados). La orden correspondiente a la de Pedro Chamorro, del 23 de noviembre de 1823, y dirigida al presbítero Ignacio Solórzano, decía: “Siendo las insignias de condecoración y además de distinción, e igualmente las armas Imperiales y del antiguo Gobierno Hispánico, monumentos tristes de la opresión y degradación, muy contrarias al liberalismo actual del sistema: debiéndose dar puntual cumplimiento al decreto de la A. N. C. del 4 del corriente; espero que usted como encargado de la casa e intereses del señor Pedro Chamorro, se servirá disponer que dentro de tres días haga desaparecer de la portada de dicha casa las armas que esculpidas en piedra, y aún en lo interior de aquellas pintadas en lienzo [pared], hacen la significación más vilipendiosa en el siglo de las luces y de la despreocupación, que se resiente aun en el recuerdo de injustas distinciones”.

Ordóñez y su personalidad carismática

Según el doctor Antenor Rosales (en su artículo del NAC, publicado el 28 de marzo de 1998), Ordóñez era hijo de aristócrata y mujer humilde. Se hacía querer de las clases superiores y de las medianas e inferiores. Alternaba con los miembros del estrato más grande de Granada, en cuyo barrio Santa Lucía había nacido, siendo hijo del capitán español Diego de Irigoyen —quien sería párroco de Managua— y de una negra; por tanto, era mulato e ilegítimo. Así lo puntualizó Eddy Kühl, autor de una reciente semblanza de Ordóñez.
En este sentido, su actuación política significaba el ascenso o movilidad social de ese grupo numeroso que constituía una realidad desde finales del siglo XVIII. La plebe ladina o mulata formaba en 1808 —según los datos de Domingo Juarros—, la mayoría de los habitantes de León y de Granada. En León, sin contar el pueblo indígena de Sutiaba, vivían 5,740 mulatos, mientras los españoles eran 1,061, los mestizos 626 y los indios 144; y en Granada se contaban 4,775 mulatos, 1,965 indios (en Jalteva), 960 mestizos y 863 españoles (europeos y criollos). Una mayoría de mulatos o ladinos, que en 1820 llegó a sumar el 84% de la población de la provincia.
Para entonces, Ordóñez —reducido a la servidumbre desde niño— era veterano de la milicia colonial —una de las pocas opciones que ofrecía el sistema a su estrato— llegando a obtener el grado de Sargento, y la habilidad de artillero.

Pero era rebelde, y por ese motivo permaneció preso en un calabozo del puerto de Trujillo, Honduras, de donde se fugó con la ayuda de unos negros, y la salida repentina al aire le produjo estrabismo, por el que le llamarían “el tuerto Ordóñez”. También había sido pequeño comerciante, realizando viajes a Belice e introduciendo de contrabando mercancías inglesas a Matagalpa y Las Segovias; ello le facilitó la adquisición de una “pequeña fortuna y roce social que le daba cierta superioridad”, según el cronista Francisco Ortega Arancibia, quien agrega:
Hijo del pueblo y con grandes simpatías en las masas, Cleto Ordóñez gozaba de muchas consideraciones en las casas de las familias ricas, como la del coronel Sacasa y otras…
En otras palabras, hacia 1821 Ordóñez no solo había superado las posibilidades económicas que limitaban a la gente de su extracción social y racial, sino que imponía su personalidad en todos los estratos. Asimismo, era médico herbolario, es decir, curandero; poeta espontáneo —autor de unas décimas a la Libertad— y orador de barricada.

“Tomaba las alturas de las plazas o en las esquinas lo subían sobre sus hombros los soldados para que arengara a las masas, y con su ardiente palabra encendía el fuego del entusiasmo en el pecho de los patriotas granadinos”.

Además, pulsaba la guitarra, paseaba, jugaba, mas no era aficionado al licor. “Sus vicios dominantes eran el fumado y el amor libre”.

“Árbitro de los destinos del país”
He ahí el retrato de esta figura carismática y popular que “encarnó la revolución de la Independencia” y representó “realmente al pueblo de los barrios granadinos y al de Nicaragua en general, anarquizados por la división de los señores principales”, puntualiza Jerónimo Pérez. O sea que, optando por la tendencia afín de su interés de clase, tomó la decisión de enfrentarse a los “serviles aristócratas”; así denominaba al bando de cohesionado por Crisanto Sacasa. Porque él se consideraba libre y creía en los principios liberales, como la igualdad ciudadana, aunque careciese de formación intelectual. En el fondo, su liberalismo era de carácter instintivo e intuitivo, sustentado en su inteligencia natural y en su capacidad de convocatoria entre la mayoría ladina y otros militares, como él. Y así llegó a ser el caudillo de los liberales rojos y árbitro de los destinos del país, y a tener el reconocimiento el prócer independentista Pedro Molina, quien en una carta que le dirigió desde Guatemala el 22 de julio de 1823, le decía: “Ambos somos liberales: ruego a Dios guarde su vida muchos en defensa de la patria”.



credito:je.arellano/LIC:RENE DAVILA 7011111