jueves, 20 de octubre de 2011

HISTORIA DEL FERROCARIL DE NICARAGUA.


Bajo el gobierno del general Pedro Joagµín Chamorro_(1875-79), fue emitido el decreto legislátivo sobre a composición del rio y puérto de San Juan del Norte, y una vía férrea". El decreto fue promulgado el 10 de febrero de 1876 y publicado en la Gaceta de Nicaragua del sábado 7 de julio de 1877. En su artículo primero dispone que el Gobierno dará principio á la composición del rio y puerto de San Juan del Norte, de la manera que estime conveniente, debiendo comenzar esos trabajos dentro del término mas breve posible"
El artículo segundo dice: "También negociará de una manera definitiva ó emprenderá directamente por cuenta del Estado la construcción de un ferrocarril á vapor de Corinto al puerto mas cercano de León en el Lago de Managua, pasando por dicha ciudad de León y por la de Chinandega. Este ferrocarril será proporcionado á las necesidades del país y deberá quedar conexionado con la Capital por medio de una línea de vapores y con el gran lago por medio de otra sección de vía férrea entre Granada y Managua, pasando por las inmediaciones de Masaya, ó por una via de igual naturaleza paralela al río Tipitapa, ó canalizando dicho rió, de manera que en.todo tiempo y en toda su estensión tenga por lo menos cinco piés de profundidad, haciéndose la navegacion de lago á lago sin trasbordo. -
El artículo tercero ordena la construcción de una. cárretéra del Ocotal a León y otra de Matagalpa a Tipitapa. Y el cuarto dispone que "para atender en parte a los gastos que exijan estas obras el Gobierno decretará sin pérdida de tiempo en toda la República un empréstito entre los capitalistas que tengan más de mil pesos de capital cuyo avalúo se practicará como el Gobierno lo estime conveniente".
Los artículos siguientes establecían impuestos a las exportaciones de hule, de cueros, de venado y de productos manufacturados y a las ventas de tabaco. Se disponía la integración al tesoro nacional de todos los capitales en dinero y capellanías que formasen los fondos de Instrucción Pública asimismo de los bienes pertenecientes a las cofradías y archicofradías. Y por último se autorizaba al gobierno para tomar de las rentas generales cuanto fuese necesario para la: ejecución de las obras de que trataba la ley.
Se suspendieron los gastos de,mantenimiento del camino de las diligencias, que ascendían a la suma de diez mil pesos mensuales y se destinaron dichos fondos al Ferrocarril.
Por Contrato de Hacienda N° 48, del 29 de octubre de 1877, el Gobierno de Nicaragua, por medio de su. cónsul general en los Estados Unidos, Alejandro Cothead, y Beverly S. Randolph, ingeniero de ferrocarriles, convinieron en que éste se presentaría en Nicaragua en el mes de noviembre, como en efecto se presentó, para reconocer la ruta del Ferrocarril de Corinto a Moabita. Randolph realizó este trabajo con la cooperación de Maximiliano Sonnenstern, Ingeniero Civil de la República. Los estudios y trazados de Randolph fueron revisados en Nueva York por los ingenieros Henry D. Butts Norris y Aniceto Menocal.
Se desconfiaba en amplios sectores del éxito de la empresa, de la capacidad económica del país para llevarla a cabo, creyéndola poco menos que un ensueño progresista.






No obstante, se decidió comenzar la obra, con los recursos disponibles en 1878, encomendándosé sú ejecución al ingeniero Marco Antonio Lacayo, quien de inmediato se empeñó en la obra de desagües y terraplenes. La primera en construirse debía ser la sección Corinto-Chinandega, con un costo de 200,000 dólares. Se pidió a Europa y Estados Unidos el material fijo y rodante para la mitad de dicha sección. Y el vecindario de Chinandega suscribió un empréstito de 16,000 pesos, con interés del uno por ciento, para emplearse exclusivamente en el Ferrocarril. A poco llegó el material pedido, consistente de más de 800 toneladas de rieles, cclisas, clavos, pernos y tuercas, y además, dos locomotoras y otro material rodante.
Entretanto se había entrado en arreglos con el ingeniero Norris, quien propuso tomar a su cargo la construcción a un costo equivalente al estimado, y en octubre de 1879 se firmó contrato con él. El ingeniero Lacayo había construido entre septiembre de 1878 y noviembre de 1880 la sección entre Pasocaballos y Ameya. El trayecto entre Pasocaballos y Corinto fue comenzado por Norris a fines de 1879 y terminado por Sonnenstern, por ausencia de aquél, en septiembre de 1880. El 26 de noviembre llegó a Chinandega la primera locomotora, tras un recorrido de doce millas y media.
El 14 de Septiembre de este mismo año había llegado a Corinto parte del gran puente o viaducto para el estero de Pasocaballos, de 1,350 pies de extensión y 300 toneladas de peso, sustentado por 108 pilotes y 54 vigas transversales, todo de hierro.
El 1° de enero de 1881 fue inaugurada solemnemente la vía CorintoChinandega, aun sin haberse construido totalmente el puente de Pasocaballos, cuyas partes faltantes no llegaron a Corinto hasta el 5 de agosto de ese año.
El 10 de marzo de 1882 quedó terminado y abierto al tráfico, al pasar, por primera vez, a las 2 de la tarde, la locomotora Emilio Bernard, en viaje hacia Corinto.
El 20 de julio de 1882 el gobierno dispone fundar una población en el sitio de León Viejo, terminal de la División Occidental del Ferrocarril, y se comisiona al ingeniero Salvador Cobos para que trace los planos.
El 9 de junio de 1883 el Inspector de Obras Públicas, Ing. Sonnenstern, informa que la línea había llegado a León, cubriendo 25 millas y media desde el punto de partida, y que seguía extendiéndose hacia Pueblo Nuevo y León Viejo.
- El 28 del mismo mes el ingeniero Norris anuncia que la línea está al llegar a León Viejo, y que ya se han nivelado 14 millás, entre Managua y Masaya. Tres meses después se coloca el primer riel de la División Oriental .
La inauguración solemne de la nueva población de Momotombo se verificó el 27 de enero de 1884. A las cinco de la.mañana de ese día zarparon de Managua los vapores Amelia e Isabel, conduciendo al Ministro de Hacienda y Guerra del Presidente Cárdenas, coronel Joaquín Elizondo, al Ministro de Relaciones Exteriores e Instrucción Pública, licenciado Francisco Castellón, y a gran número de personas que los acompañaban, con destino a León Viejo o Momotombo, como ya se llamaba a la población recién trazada. Con el mismo objeto inaugural salió de León un tren expreso conduciendo al general Joaquín. Zavala, expresidente de la República, quien regresaba de una misión diplomática por los estados centroamericanos, y a numerosos asistentes a la fiesta. - El acto tuvo lugar a las tres de la tarde de dicho día 27. El Ministro Elizondo pronunció el discurso oficial. Por la noche hubo retreta y baile. Salieron hacia Managua a las cuatro de la mañana del 28 y llegaron a las diez.
La División Occidental recién terminada constaba de 58 millas de vía, que con los apártadéros sumaban 61 y media. La gradiente máxima era de 2.5 por ciento; y la curva mayor en la vía principal cubría 9°30' , siendo el radio mínimo de 603.8 pies ingleses. Había en servicio seis locomotoras.
SE CONSTRUYE LA DIVISION ORIENTAL
La línea Managua-Granada (División Oriental) fue construida toda bajo el gobierno del doctor Adán Cárdenas (1883=87).
A las 8 de la mañana del 29 de septiembre de 1883 el Prefecto de Managua, en acto solemne, fijó el primer riel. El 25 de diciembre del mismo año la primera locomotora que se había puesto en servicio, la Managu, recorrió en calidad de ensayo, un poco más de una milla de vía que se había construido, arrastrando varios carros colmados de gente.
El 30 de septiembre de 1884 se inauguró la línea a Masaya; pero no quedó abierta al servicio público hasta el 16 de abril de 1885.
El 1 de marzo de 1886 llegó por primera vez el Ferrocarril a Granada, con gran alborozo del pueblo granadino. Y en julio de este mismo año quedó terminada la prolongación de la vía desde la estación hasta el muelle.
La construcción de la División Oriental se realizó sin mayores dificultades económicas; sólo al contratista, ingeniero Norris, se quedó debiendo un saldo pequeño, por el cual aceptó bonos emitidos al efecto.
La División Oriental tenía una extensión de 31 y media millas inglesas, que con los apartaderos sumaban 33. La gradiente máxima era de 2.8%. La curva más cerrada en la vía principal cubría 9° 30' y el radio mínimo era de 603.8 pies ingleses.
Se hizo una prolongación a ésta División, desde el muelle de Managua hasta la Escuela de Artes, que se transformó en Taller Central, con un total de 4,600 pies ingleses.
En 1895 fue celebrado el contrato de construcción del Ferrocarril a Los Pueblos de Carazo por el General Zelaya, presidente de la Repúblicaen ese entonces (1893-1909).
La via asi en División Oriental como en la Occidenital éra angostá de 3 pies ingleses y 4 pulgadas. de ancho. Tenían sus puntos de mayor elevación, la División Occidental a 416 pies sobre el nivel del mar; a 4 millas de Momotombo; y la División Oriental a 890 pies sobre el nivel del mar a 2 millas de Masaya y 21 de Managua.
El valor de ambas divisiones, con sus 90 millas de vías y los equipos; se calculaba en 1898 en un total de más de dos millones de pesos-oro.
CREDITO:CANAL-10 / LIC:RENE DAVILA /171011

sábado, 1 de octubre de 2011

Presidentes de Nicaragua.


150 AÑOS EN LA HISTORIA DE NICARAGUA A TRAVES DE SUS GOBERNANTES.
Presidentes de Nicaragua.
 
































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JUNTAS DE GOBIERNO
1972-1973 - Fernando Agüero R.  Alfonso Lovo Cordero.  Roberto Martínez L. 
1973-1974 - Edmundo Paguaga I.  Alfonso Lovo Cordero.  Roberto Martínez L.

1979-1981 - Daniel Ortega Saavedra.  Sergio Ramírez Mercado.  Moisés Hassan M.  Alfonso Robelo C.
Violeta v. de Chamorro.

1981-1984 - Daniel Ortega Saavedra.  Sergio Ramírez M.  Moisés Hassan M.  Rafaél Córdoba Rivas.  Arturo Cruz Porras.

Cuatro Presidentes están vivos.

 De todos los Presidentes de Nicaragua pre-sentados en esta galería de La Estrella de Nicaragua, solamente los últimos 4 están vivos: Violeta Barrios viuda de Chamorro, Arnoldo Alemán Lacayo, Enrique Bolaños Geyer y Daniel Ortega Saavedra. Todos los demás quedaron en la historia, lejos de egolatrías, vanidades y mesianismos, muchos de ellos olvidados. En el futuro vendrán otros que en la postrera también pasarán a la implacable historia, juzgados por el bien o el mal que hayan hecho a Nicaragua y su pueblo.

Lic.Rene Davila/ 29090011

«Yo luché en San Jacinto»

En los primeros dias de septiembre de 1856, una columna de 160 hombres armados con fusiles antiguos, de peine, hambrientos, casi desnudos, al mando del Coronel don José Dolores Estrada, ocupaba la Hacienda San Jacinto, de don Miguel Bolaños, en el Departamento de Granada (Managua pertenecía entonces a Granada. Nota de La Estrella de Nicaragua), con el objeto de proporcionarse víveres y descansar de las fatigas de una ruda campaña».

Teniente Alejandro Eva, de Managua.
«Esta pequeña fuerza estaba dividida en tres compañías ligeras comandadas por los capitanes Liberato Cisne, Francisco Sacasa y Francisco de Dios Avilés».«La casa de la hacienda era grande, de teja y con dos corredores, estaba ubicada en el centro de un extensísimo llano, y solamente a retaguardia de la casa, como a 100 varas, había un pequeño bosquecillo».
«Inmediatamente se puso la casa en estado de defensa, claraboyando las paredes del lado de los corredores, y con la madera de dos corrales que se desbarataron, formamos un círculo de trincheras».
«Tres días después de nuestra llegada, 60 jinetes yankees, de las mejores fuerzas del audaz y aventurero William Walker, se acercaron a practicar un reconocimiento del cual resultó una pequeña escaramuza el 5 de Septiembre, en que murió un cabo, Justo Rocha y un filibustero, el mismo que mató a Rocha, y que según confiesa Walker en su "Guerra en Nicaragua" fue el capitán Jarvis».
«Al amanecer del 14 de Septiembre tomabamos un frugal desayuno, cuando el cabo Salmerón, espía nuestro, llegó a escape al campamento participando que el enemigo, como en número de 300 se aproximaba por el Sur».
«En el acto el Coronel Estrada dispuso que solamente quedase en el interior de la casa una escuadra que comandaba el Teniente don Miguél Vélez y que el resto de la tropa ocupase la línea exterior. Hízose así, y en esa disposición esperamos, con orden de no hacer fuego sino hasta que los agresores estuviesen a tiro de pistola».
«A las 7 de la mañana divisamos al enemigo como a 2000 varas de distancia; marchaba a discreción y no traía cabalgaduras. Los Jefes y Oficiales vestían de paisano: levita, pantalón, chaleco y sombreros negros, algunos portaban espada y revólver, y otros, rifles; y la tropa iba uniformada con pantalón y camisa de lana negros, sombreros del mismo color e iban armados con rifles "Sharp" y "Negritos". Hicieron un alto a tiro de fusil y se destacaron en tres columnas paralelas de 100 hombres cada una».
«Cuando estuvieron a una distancia conveniente rompimos el fuego, al recibir la descarga, en vez de vacilar, se lanzaron impetuosamente sobre las trincheras; una columna atacó el frente, otra por la izquierda y la última por la derecha. Todas fueron rechazadas por tres veces, y hasta el cuarto intento no lograron apoderarse de la trinchera por el lado izquierdo, cuando el valiente Oficial Ignacio Jarquín y toda la escuadra que defendían ese punto, habían muerto heróicamente. Dueños los filibusteros de un punto tan importante, hacían un nutrido y certero fuego sobre el resto de la línea».
«Cortados de esta manera teníamos que comunicarnos las órdenes a gritos. El infrascrito (Teniente Alejandro Eva), con los Tenientes don Miguél Vélez y don Adán Solís, defendían el ala derecha; y yo, como primer Teniente, recibí orden de defender el puesto, hasta morir, si era necesario».
«Mis compañeros se batían con admirable sangre fría».
«Los yankees multiplicaban los asaltos, pero tuvimos la fortuna de rechazarlos siempre».
«Uno de ellos logró subir a la trinchera y allí fue muerto por el intrépido Oficial Adán Solís».
«Eran las 10 a.m. y el fuego seguía vivísimo».
«Los americanos, desalentados sin duda por lo infructuoso de sus ataques, se retiraron momentáneamente y se unieron las 3 columnas; pero pocos momentos después, al grito de "¡Hurra Walker!" se lanzaron con ímpetu sobre el punto disputado».
«Se trabó una lucha terrible, se peleaba con ardor por ambas partes, cuerpo a cuerpo...»
«Desesperábamos ya de vencer a aquellos hombres tan tenaces, cuando el grito de "¡Viva Martínez!" dado por una voz muy conocida de nosotros, nos reanimó súbitamente».
«El Coronel Estrada, comprendiendo la gravedad de nuestra situación, mandó al Capitán don Bartolo Sandoval, nombrado ese día Segundo Jefe en lugar del Coronel don Patricio Centeno, que procurase atacar a los yankees por la retaguardia».
«Ese bizarro militar se puso a la cabeza de los valientes Oficiales José Ciero y Juan Estrada y 17 individuos de tropa, saltó la trinchera por detrás de la casa, logró colocarse a la retaguardia de los asaltantes y les hizo una descarga y lanzando con su potente voz los gritos de "¡Viva Martinez!", "¡Viva Nicaragua!", cargó a la bayoneta con arrojo admirable».
(Nota de La Estrella de Nicaragua: En este momento es que señala el historiador don Jerónimo Pérez y otros autores y testigos, que tales descargas y gritos, espantaron a la remonta, o sea los potros de servicio de la hacienda, que estaban o llegaban por el bosque matorraloso al pie del cerro, que salieron en estampida hacia la retaguardia de los filibusteros, junto con la guerrilla, contribuyendo a la sorpresa y espanto que culminó con la derrota de los invasores).
«Los bravos soldados del Bucanero del Norte retrocedieron espantados y se pusieron en desordenada fuga».
«Nosotros, llevando a la cabeza al intrépido Coronel José Dolores Estrada, que montó el caballo de Salmerón, único que había, perseguimos al enemigo 4 leguas hasta la hacienda San Ildefonso».
«Allí mató Faustino Salmerón, con su cutacha, al Jefe de los americanos Byron Cole y lo despojó de un rifle y dos pistolas».
«Nuestra pequeña fuerza tuvo 28 bajas entre muertos y heridos; entre los primeros figuraban el Capitán don Francisco Sacasa y el Sub Teniente Ignacio Jarquín, y entre los últimos el ahora Coronel don Carlos Alegría».
«Los filibusteros perdieron al Coronel Cole, al Mayor cuyo nombre no recuerdo y que era el Segundo Jefe, y 35 muertos más, 18 prisioneros contándose entre ellos el Cirujano y muchos heridos que después hallamos muertos en los campos inmediatos».
«Tal fue el memorable combate que abatió a los invasores y despertó loco entusiasmo en el Ejército que defendía la Independencia de Centro América».
TENIENTE  ALEJANDRO EVA--Participante de la batalla de san jacinto.
Rivas, Nicaragua.
Agosto 21 de 1889

jueves, 29 de septiembre de 2011

LA NEFASTA INQUISICIÓN EN "CENTRO AMERICA" 1569--1820.



El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición se implantó a fines del siglo XVI, en el Reino de Guatemala —al que pertenecía la provincia de Nicaragua— funcionando durante más de doscientos años. Sin embargo, su existencia en nuestra tierra es poco conocida y, mucho menos, divulgada. Aparte de dos monografías de autores guatemaltecos (Martín Mérida en el siglo XIX y Ernesto Chinchilla Aguilar en el XX), sólo Alejandro Montiel Argüello y yo le hemos dedicado algunas páginas sustentadas en amplia documentación.

Más que condenarla, nuestro objetivo ha sido comprenderla como lo que era: un baluarte de la ortodoxia católica que, con su aparato represivo, hizo sentir su crueldad en Alemania (sus víctimas allí fueron decenas de miles), Inglaterra (donde los ejecutados se calculan en setenta mil), Portugal y España. La expansión ultramarina de esta potencia llegó a sus virreinatos del Perú y de la Nueva España (México).


El tribunal de Lima


Al respecto, el Tribunal de Lima procesó tres mil casos, siendo 1470 estudiados por el historiador José Toribio Medina; de ellos, 180 fueron mujeres y 157 frailes. Sus causas correspondieron a “Proposiciones” (opiniones mal vistas por la Iglesia sobre puntos concretos de la teología), judaizantes, mahometanos secretos (o moriscos), blasfemias, doctrinas contrarias al sexto mandamiento, bigamia, hechicería y confesores solicitantes de favores sexuales. De los tres mil, 30 perecieron en la hoguera.

Inquisición episcopal


Antes de que se estableciera en México el 25 de enero de 1569, en las provincias del Reino de Guatemala se había autorizados a los obispos y religiosos para ejercer funciones inquisitoriales. Por ejemplo, en 1543 Julián de Contreras, alguacil eclesiástico de León (Viejo), había metido en prisión a seis amancebados, tres hechiceros, dos blasfemos y a un perjuro: un procurador de apellido Herrera. Pero actuaba, sobre todo, contra los moriscos, judíos y luteranos. Significativamente, el 20 de julio de 1564 Felipe II envió una cédula al obispo de Nicaragua, fray Lázaro Carrasco, en la que le instaba a perseguir a los luteranos, de quienes se tenían noticias seguras de que habían arribado a la provincia.

La etapa agresiva

En el Reino de Guatemala la Inquisición, adscrita al tribunal mexicano, tuvo cuatro etapas: la agresiva (1569-1600), la floreciente (1601-1650), la rutinaria (1651-1774) y la revitalizadora (1775-1820). Este año fue abolida para siempre.
Durante su primera etapa, la actividad inquisitorial se concentró en extinguir la herejía luterana, llegando a quemar en Sonsonate, El Salvador, a Guillermo Cornields, un irlandés ex pirata y barbero, de 24 ó 25 años, el único condenado a muerte por el Tribunal de la Nueva España, que haya tenido relación con el Reino de Guatemala. “Su pasado protestante lo mató; no sólo se le condenó como tal, sino como enemigo político que podía contagiar a sus semejantes con ideas peligrosas y subversivas de las sectas disidentes de Roma”, comentó su caso, acontecido en 1574, el historiador Pedro Escalante Arce.
En 1580 se dio otro caso: la denuncia contra Maese Simón, maestro carpintero, en El Realejo, por decir “que no le gustaban las fiestas de la Iglesia porque no se podía trabajar y, además, por haber sido acusado de tener correspondencia con piratas ingleses”. Los últimos detestaban a los españoles por españoles y católicos. Para entonces, ya se le había seguido proceso criminal de oficio por la Justicia Eclesiástica de Granada contra otro maestro carpintero sospechoso de luteranismo, llamado Francisco, natural de Escarpanio, Grecia; y en 1585 fue denunciado en la misma Granada, y también por luterano, el sastre flamenco Enrique. Se ignora el fin que tuvieron el Maese Simón y el sastre Enrique, pero el griego Francisco se retractó, reconciliándose con la Iglesia en enero de 1562.

Otro aspecto de esta etapa agresiva fue la organización de comisarías dentro de las diócesis del Reino, obra del Inquisidor de la ciudad capital de Guatemala, Moya de Contreras, quien proveyó calificadores y demás miembros familiares, además de nombrar a las máximas autoridades de aquéllas en San Salvador, Sonsonate, El Realejo y Granada. Aquí se hallaban pendientes de trámites el proceso a Nicolás Boeto, genovés, “por haber malinterpretado lo que Dios prohibió a Adán en el paraíso”; y la denuncia contra Hernando Sánchez, por malas costumbres y haber dicho que “no era pecado mortal la simple fornicación, pagando”.

Chinchilla Aguilar señala que en 1599 no había población importante de las provincias del Reino —Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica— donde existiese ya un Comisario del Santo Oficio; y, por lo menos, “cincuenta personas tenían nombramientos de calificadores, familiares y notarios”.

Las otras etapas

En la primera mitad del siglo XVII, aparte de consolidarse, el Santo Oficio de la Inquisición alcanzó un auge con el incremento de procesos, aunque no se tiene noticias de sus sentencias. Judíos y judaizantes fueron objetos de denuncias. De 1623 data el proceso contra Jerónimo Salgado por judaizante; de 1627 la testificación contra Isabel Mercado por sospechosa de judía; y del mismo año la carta escrita en Granada por Alfonso Ruiz de Córdoba a sus tías María, doña Isabel y doña Felipa por la misma sospecha.

En la tercera etapa, correspondiente a la segunda mitad del XVII, la institución —estabilizada— comenzó a vegetar, reflejando el estancamiento rutinario de la sociedad. Abundaron entonces los delitos religiosos. En la misma ciudad de Granada tuvo lugar en 1579 el proceso contra Gabriel de Artieda “por haber renegado de Dios y de la Virgen”. Cinco años antes se había iniciado otro contra Pedro de Torres por decir “que más valía su dinero que Jesucristo; que la Inquisición era diabólica y otras muchas herejías de palabras y obra”. Contenidos heréticos fueron los de Francisco de Oces en 1765, Juan Franco en 1773 y Ramón Pacheco, carpintero que al arribar al puerto de El Realejo en la fragata “Jesús María” había declarado: “ser Christiano Católico, Apostólico, pero no Romano”. Agregaba Pacheco que no se le debía obedecer al Papa “por no ser español”.

En su cuarta etapa, o sea de finales del siglo XVIII a las dos primeras décadas del XIX, la Inquisición en las provincias coloniales que después formarían las repúblicas de Centroamérica se fortaleció, transformándose en aduana de las nuevas ideas y reafirmándose en celosa defensora del poder monárquico. Por ejemplo, en 1805 José Larios en León fue denunciado por leer el libro Misión de Mahoma; y poco después el tribunal de la Inquisición en Guatemala recibió una denuncia en la cual se avisaba que “entre los géneros y mercancías que llegan a esta ciudad, van introducidas las obras de Voltaire y otros heresiarcas”.

Poder social

Sin duda alguna, el Santo Oficio cumplía a cabalidad sus funciones conformando un poder social dentro de la mentalidad de su tiempo, obstinado en defender la pureza de la fe, sin dejar de ser en sus métodos cruel y bárbaro. Más aún, como afirma Salvador de Madariaga, “el Santo Oficio fue generalmente aplaudido en América”. Incluso sería exaltado en prosa y cantado en verso. Pedro de Oña lo hizo en Chile: “¡Oh tribunal sublime, recto y puro / En que la fe cristiana se acrisola”.

Por tanto, no es extraño que en el Reino de Guatemala pertenecer a la Inquisición como Comisario, Notario, etc., fuese de gran prestigio para los estamentos superiores de la colonia: españoles y criollos, únicos que podían ingresar a su aparato. Por eso, asimismo, las “pretensiones” para obtener el cargo de Comisario eran más que numerosas, resultando imposible elaborar una lista completa correspondiente a los avecindados o nacidos en la provincia de Nicaragua.

Los curas Briceño y Chamorro

Citaré, al menos, dos ejemplos. Primero: el del presbítero y cura del Sagrario de la Catedral de León, Juan Diego de Galarza y Briceño, natural de la misma ciudad, que en 1796 tenía 46 años y entre sus principales méritos figuraba haber sido nombrado el 13 de abril de 1792 Notario, Revisor y Expurgador de Libros, “concediéndole todas las gracias, honras, privilegios y exenciones que debía gozar”. Y segundo: el del cura de Granada, Juan Antonio Chamorro, quien en 1803 envió dos cartas y un “Memorial” a los Inquisidores de Granada. El Comisario Pedro Brizzio reenvió dichos documentos a México. Chamorro ofrecía desempeñar la Comisaría del Santo Tribunal no sólo en la ciudad, sino en los pueblos de los alrededores “a menos de veinte leguas de distancia”. Por ser miembro del estrato superior de su ciudad, obtuvo el cargo.

Delitos religiosos y sexuales

Los indios estaban fuera de la jurisdicción del Santo Oficio. Y la mayoría de las denuncias fueron delitos religiosos, sexuales y casos de hechicería o “maléficas”. La tipificación de los primeros es amplia: blasfemia, reniego, profanación de lugares y objetos sagrados, violaciones de prohibiciones, fingirse sacerdote, palabras irreverentes y, sobre todo, proposiciones heréticas. El cura de Managua Diego de Gamboa expuso una de ellas en 1763: “que los sacerdotes clérigos se podían casar, y que los hijos que tuviesen no eran sacrílegos”.

Respecto a los delitos sexuales, se destacaba la bigamia. Por “casado dos veces” se acusó en 1735 a Esteban Corella, “mulato, color de rapadura y vecino de Comayagua” (Honduras). Corella se había casado con una “fulana Alegría” en Acoyapa y con otra, llamada Lorenza, en Comayagua. Casos de poligamia fueron escasos, lo mismo que de sodomitas, como fue el de Joseph Manuel Virto y Joseph Gregorio Ibarra (“Los Chepes”), quienes en 1786 fueron procesados en Rivas “por estar maculados por el pecado nefando contra natura”.

Un antecedente de este caso, acontecido en León Viejo en 1536, fue el del homosexual Andrés Caballero, quemado vivo por orden del alcalde Diego de Tapia, muchísimo antes de que se fundase formalmente la Inquisición. Caballero era amigo íntimo de Francisco de Castañeda —heredero del poder de Pedrarias— en cuya casa, contiguo a la de Caballero, había un postilo y puerta de comunicación.Casos de hechicería
En relación a los casos de hechicería, es preciso consignar la testificación al fiscal del Santo Oficio en 1683 contra Juana Díaz, mestiza, y Josefa Isabel, su hija, “por brujas”; y la denuncia y ratificación en 1721 de Cristóbal de Villagra contra Juan Gutiérrez, español, por haber obtenido unos polvos para unirse carnalmente con Francisca de Mena. Villagra era un mulato esclavo perteneciente al sargento mayor Melchor Fajardo, vecino de Granada.
Es necesario referir que en estos casos de hechicería se veían involucrados los indígenas, a quienes —repito— excluía legalmente la Inquisición. Su pensamiento mágico ancestral —una de las herencias que fundida a la española, conformaron la mentalidad popular— era la causa de ello. Un caso correspondiente a 1797, incluyó a Luis Bravo, “de calidad indio”, a quien acusaban de supersticioso.

Diez años atrás, procedentes de Cartago, Costa Rica, el asesor de León, licenciado Enrique del Águila, fue consultado sobre uno de esos tantos delitos de hechicería. El proceso había comenzado a tramitarse el 28 de septiembre de 1775 contra María Francisca Portuguesa y Petronila Quesada, a quienes se les acusaba de brujas o hechiceras y a la primera de tener “ilícita amistad” con Matías Quesada, hermano de la segunda. La Portuguesa, según el informe del Águila que despreocupaba a los vecinos, “tenía unos calabazos de polvos; la segunda, que habiéndose concertado con la primera para huírse, estando escondidas cantó un animal, al que le habló, y le dijo a la compañera que este animal le advertía cuando hablaban de ella y le avisaba que aquella noche venía su hermano por ella”.Resumen
Durante los tres siglos que duró la dominación española en nuestro continente, según el mismo Madariaga, no pasaron de cien quienes fallecieron a consecuencia de los tormentos físicos y morales ordenados por la Inquisición. Costó, en suma, muchísimas menos vidas que en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX, cuando perecieron 3,839 personas linchadas, sin la menor garantía de justicia o caridad. No por ello el llamado Santo Oficio dejó de ser responsable de sufrimientos abominables.


FUENTE:J.E ARELLANO /  LIC:RENE DAVILA /28090011

EL PADRE INDIO TOMAS RUIZ PRÓCER DE LA INDEPENDENCIA DE CA.



Dos intelectuales nacidos en la provincia española de Nicaragua participaron en el proceso de la independencia de Centroamérica. El más conocido es Miguel Larreynaga (León, 29 de septiembre, 1772–ciudad de Guatemala, 28 de abril, 1847), jurisconsulto, literato y hombre de ciencia. Menos conocido, pero más importante en dicho proceso, fue Tomás Ruiz (Chinandega, 10 de enero, 1777–San Cristóbal, Chiapas, ¿1820?), sacerdote, primer indígena que obtuvo el grado de doctor en Centroamérica, uno de los tres fundadores de la Universidad de León (los otros dos fueron Rafael Agustín Ayesta y Nicolás García Jerez), y el autor nacido en Nicaragua con más títulos impresos —en latín y español— entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, destacándose sus oraciones fúnebres.

Por eso es lógico relacionar ambas figuras. Larreynaga representó con altura intelectual a la provincia dentro del bando criollo —o línea conservadora— en contra de los próceres liberales como Simón Bergaño y Villegas y Pedro Molina; en cambio, Ruiz actuó siguiendo la línea radical de los últimos. Mientras el primero consolidó su carrera dentro del sistema monárquico, el segundo se rebeló contra el mismo, postulando la acción armada.

Larreynaga: hijo de un orfebre

Ambos tuvieron una formación colonial. Hijo de un platero (u orfebre de la plata), Joaquín Larreynaga, y de Manuela Balmaceda y Silva, quien falleció en el parto, Larreynaga había quedado huérfano de padre antes de nacer. Por eso su abuelo paterno asumió educarlo, logrando que el nieto se elevase por sí mismo, en virtud de su capacidad y energía para ser el más notable letrado originario de León surgido en las postrimerías de la dominación española.

Tras haber aprendido a leer con un religioso de La Merced, ingresó de diez años al secular Colegio Seminario San Ramón. En 1789 enseñó geometría y filosofía en el mismo centro. Incorporado a la Universidad de San Carlos, en Guatemala, concluyó en 1798 el bachillerato en ambos derechos: Civil y Canónico. Luego impartió matemáticas en una institución progresista: la Sociedad Económica de Amigos del País; y en 1799 regresó a León, llamado por el obispo José Antonio de la Huerta y Caso, para desempeñar la cátedra de filosofía en el Colegio Seminario referido.

De nuevo en Guatemala, obtuvo la licenciatura y sus dos carreras durante el primer año del siglo XIX y, antes de su viaje a España, en febrero de 1818, donó su biblioteca con más de tres mil volúmenes a la Universidad de León. Diez años después, al salir del Estado mexicano de Oaxaca, obsequió su segunda biblioteca selecta al Instituto de Ciencias y Artes. Simultáneamente, Larreynaga había consolidado su otra vocación: la del ejercicio administrativo, o, mejor dicho, burocrático, llevando a la práctica este pensamiento: “El modo de conseguir estimación y granjearse conceptos entre los hombres, es trabajar asiduamente y cumplir con exactitud e integridad lo que a uno se le encarga”.

Numerosos habían sido sus cargos desempeñados hasta entonces. Tras la independencia en 1821, se trasladó a México, donde desempeñó cargos importantes. En 1830 fue diputado al congreso constituyente y en 1845 regente de la Corte de Justicia. Dos años después fallecía de un resfriado a los 75 años. Y de los cuatro autoepitafios que escribió, éste fue el más patético: “Aquí estoy muerto: si por mí, llorares, / Mi triste amigo, sabe y ten por cierto, / Que aquí sin consuelo, todo muerto, / A mis amigos vivos lloro a mares”. No contrajo matrimonio, pero tuvo un hijo al que reconoció: Manuel Pineda de Mont. Además, dejó muchos discípulos centroamericanos.

Uno de ellos, el guatemalteco Ignacio Gómez, afirma que la constante subida se redujo a acomodarse con sus propios recursos: “El hombre debe hacer consistir su riqueza en saber privarse de placeres inútiles —sostenía Larreynaga— para no pasar la humillación de vender su independencia. El verdadero decoro consiste en no deber nada a nadie, en no oír que los acreedores llamen a la puerta, aunque las arcas estén vacías”. Postulaba, pues, que todos somos igualmente ricos si cada quien gasta en proporción a sus ganancias.

Otro legado suyo fue su producción erudita. Autor de una comedia de crítica social (“El quebrado ganancioso”), tradujo la Retórica de Aristóteles al español (de una versión latina), compiló un Prontuario de Reales Cédulas y, aparte de varios discursos académicos, divulgó una teoría sobre el origen del fuego de los volcanes en 1843, impresa en Guatemala, reimpresa en México y elogiada en Inglaterra.

Ruiz: descendiente de indios principales
Hijo legítimo de Joaquín Ruiz y Lucía Romero, descendientes de indios principales, Ruiz tuvo la protección del obispo Juan Félix de Villegas, quien le consiguió una beca en el Colegio Seminario San Ramón, donde estudió filosofía y recibió las cuatro órdenes menores. Villegas, ascendido al arzobispado de Guatemala, lo llevó a la capital del Reino. Allí Ruiz obtuvo a los diecisiete años el grado menor de bachiller en filosofía y cursó los estudios de Sagrados Cánones, Leyes e Instituta, terminándolos con los grados de bachiller.

Siendo discípulo de fray Matías de Córdoba, sostuvo en la Universidad de San Carlos el primer acto público de Retórica y Elocuencia, haciendo el análisis de las tres oraciones de Cicerón pro Marcelo, pro Lege Mainilia y pro Milone.

Residiendo gran parte de 1799 y 1800 en León, pasó de nuevo a Guatemala. En 1801, otra vez en León, lo ordenó el obispo Huerta y Caso. Y de regreso por tercera vez a Guatemala, a mediados de 1803, fue investido de Licenciado y, a principios de 1804, de doctor. “Los estudios de las humanidades son siempre útiles a los varones eclesiásticos y es necesario que siempre existan” y “a quiénes deben mayores beneficios los indios: ¿a los sucesores de Pedro o a los reyes católicos?” —Fueron los temas de sus discursos pronunciados en latín.

El burócrata criollista en la proclamación del 15 de septiembre
Mucho más podría hablar de los méritos intelectuales de ambos próceres. Pero aquí me limitaré a sus actuaciones políticas. Larreynaga participó en las tres etapas del proceso independentista: la Ilustrada (1794-1809), la Constitucional (1810-1820) y la propiamente Independentista (1821-1823). En la primera, contribuyendo ideológicamente a prepararla desde la Sociedad Económica de Amigos del País y la Gaceta de Guatemala; en la segunda como individuo en 1813 de la Junta Provisional de Guatemala ante las Cortes españolas y al año siguiente, como diputado por la provincia de Nicaragua; y en la tercera, como se dijo, integrando el bando criollo que proclamó la independencia del 15 de septiembre de 1821 ante la presión, apoyada por la plebe, de los próceres liberales. Actitud conservadora que corroboró al adherirse el 5 de enero de 1822 al Imperio Mexicano y a formar parte, como diputado, de su Congreso.

Pasando a su participación el 15 de septiembre de 1821, conviene establecer que fue el único nacido en la provincia que se hallaba en la histórica reunión, habiéndose inclinado, con más de veinte autoridades de la Capitanía General de Guatemala, a la independencia convenida —o arreglada de antemano— por criollos y españoles. Larreynaga pues, se plegó al criollismo: a la concepción reaccionaria de la independencia; como a José Cecilio del Valle, lo que a él más le interesaba era conservar sus cargos públicos. Es prócer —es innegable— en el sentido criollo, como el marqués de Aycinena, los hermanos Larrave, el mismo Capitán General Gabino Gainza. Pero no lo es realmente en el sentido revolucionario para la época, como lo fueron, entre otros, Pedro Molina, Juan Francisco Barrundia, los Bedoya y Tomás Ruiz. Sus méritos residen, más bien, en su obra de humanista neoclásico, de científico y recopilador de leyes, de catedrático, en fin, de sabio.

El Padre-indio y la conjura de Belén
En cuanto a Ruiz, el Padre-indio, funcionó como activista de la independencia en dos ámbitos: en su provincia natal (encabezando el movimiento subversivo de El Viejo, en 1805, contra las autoridades españolas y divulgando “doctrinas revolucionarias”, en palabras del historiador Tomás Ayón) y en la capital del Reino de Guatemala (dirigiendo la conjura del Convento de Belén a finales de 1813). Ruiz fue el que más experimentó la represión de su época, permaneciendo casi siete años preso, gran parte de ellos engrillado y sin ver el sol, en la insalubre cárcel colonial; y ningún otro se atrevió directamente (en carta a Fernando VII) a negar el sistema monárquico (planteando sustituirlo por el republicano) y a mantener viva, aún desde la cárcel, la propaganda independentista.

Tales aspectos revelan su participación clave como prócer que aspiraba a una verdadera transformación social, a través de la distribución de la tierra a los trabajadores agrícolas y de la lucha armada, la que pensaba vincular a la del cura mestizo de México, José María Morelos, cuyas proclamas conocía y divulgó desde el convento de Belén en la ciudad de Guatemala. En diciembre de 1813, esta conjura fue delatada y reprimida. Su impulso, pues, resultó decisivo para preparar la proclamación del 15 de septiembre de 1821. Por eso es uno de los próceres más significativos de ese proceso. Pero, desde luego, no fue el único: más de una docena de sus compañeros de estrato social e ideología lucharon violentamente por la independencia. Sin embargo, nuestro cura indígena posee la personalidad menos fría, estática y convencional de todos ellos.

La aspiración frustrada de una canonjía en Comayagua

Otros aspectos suyos confirman sus impresionantes talentos, cuyo libre despliegue fue siempre bloqueado por el sistema para alcanzar un puesto en la jerarquía eclesiástica. En efecto, ejerciendo el vicerrectorado del Colegio Seminario de Comayagua, Honduras, aspiró a una canonjía en el cabildo eclesiástico. A Ruiz lo apoyaba el obispo de Honduras, Vicente A. de Navas, pero los restantes miembros del cabildo se oponían a su candidatura. El arcediano José María de San Martín, uno de ellos, logró un testimonio adverso sobre Ruiz del Deán del obispado de León, quien antes había enviado otro en términos elogiosos.

El obispo Navas falleció, y Ruiz, destituido de la fuerza de su vicerrectoría, huyó a Guatemala, donde entablaría un juicio contra el cabildo eclesiástico de Comayagua. Vana fue su lucha. No obstante, presentar testimonios favorables sobre su conducta en Comayagua, Ruiz no pudo obtener la pretendida canonjía. En el fondo, lo rechazaban por indio. Así lo dejó ver: “Mi provisor San Martín es de los que miran a los indios con desprecio… ¿Qué delito es que un indio aspire a una canonjía por los medios que la iglesia tiene aprobados? Los indios de mi provincia y estos de Honduras han visto con regocijo mi marcha, me han obsequiado en mi tránsito, se han alegrado de que pretendiese un canonicato…”.

De manera que, formado e incorporado a la sociedad colonial entre 1790 y 1804, a Ruiz lo frustraron varias veces entre 1807 y 1813. Hechos que estimularon su convicción y a soportar su consecuencia: el martirio —entre 1813 y 1819—, cuando desapareció sin saberse ahora la fecha exacta de su muerte.

Su pensamiento —integrado por ideas teológicas, pedagógicas, de justicia social y políticas— y la serie de anécdotas forjadas sobre su condición de indígena, proyectan en forma lapidaria reflexiones de raíces bíblicas como la siguiente: “Toda la vida del hombre no es más que una cobarde flor del campo, que se rinde y marchita cuando el sol apenas comienza a disparar sus rayos”.

La anécdota con el obispo García Jerez

Al mismo tiempo, enseñan lecciones de humana igualdad como la siguiente. Un jueves de Corpus, el Obispo de León, seguido de su vistoso cortejo, salió de catedral y se encontró con Tomás Ruiz en el atrio de la parroquia de Sutiaba, removiendo unos huesos recién exhumados para enterrarlos en el cementerio; al verlo, le preguntó llamándole con ánimo despectivo “padre-indio”. —¿Qué haces allí, Padre-Indio? Y Ruiz le respondió: —Tratando de encontrar en estos huesos la diferencia entre el indio y el blanco.

Mark Twain y Nicaragua.



Al libro Travels with Mr. Brown (Viajes con Mr. Brown), pertenecen las páginas que escribió sobre Nicaragua Mark Twain (1835-1910), posterior y fragmentariamente traducidas por Luciano Cuadra. El libro se conoció hasta en 1940, año en que fue editado por los investigadores Franklin Walker y G. Ezra Dane. Se trata de una larga serie de cartas viajeras que el célebre humorista estadounidense publicó en el periódico “Alta California”, de San Francisco.

Entre ellas figuran las dos cartas o reportajes viajeros en las que Twain describe, con lujo de detalles, su travesía desde San Francisco hasta Nueva York, a través de Nicaragua, o mejor dicho, de nuestra histórica Ruta del Tránsito.

Dicha ruta, ya en su ocaso cuando pasó Twain, se remontaba al inicio del “Gold Rush” —o fiebre del oro— del Oeste de los Estados Unidos, que el 27 de agosto de 1849 había hecho un contrato para abrir una ruta interoceánica a través de Nicaragua. David L. White —representante de una compañía privada— y el Gobierno de Nicaragua, encabezado por el Director Supremo, Norberto Ramírez, lo firmaron.

White era Coronel, y su compañía “American Atlantic and Pacific Steamship Canal Company”, la integraban Cornelius Vanderbilt —su principal socio y el segundo hombre más rico de los Estados Unidos—, su hermano Joseph y otros.

De acuerdo con el contrato, la compañía tenía el derecho exclusivo de construir un canal, y explotar la ruta de pasajeros hacia California, en vista del empuje hacia el Oeste de los Estados Unidos y la obtención de nuevos territorios en la costa del Pacífico.

La Compañía Accesoria del Tránsito
El trabajo de conducir pasajeros fue asignado a la Compañía Accesoria del Tránsito (o Accesory Transit Company), la cual se derivaba de la primera, pero independiente. Por ella, Vanderbilt tendría el monopolio de la navegación en barcos de vapor por el Río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua, a cambio de entregar al Gobierno de Nicaragua diez mil dólares anuales, más el 10% de las utilidades.

El astuto y emprendedor financiero, entonces de 55 años, ofrecía una ruta más corta, barata, segura, cómoda y saludable que la de Panamá, controlada por la Pacific Mail Steamship Company, cuyos vapores entrelazaban las dos costas del istmo panameño, cobrando 600 dólares; en cambio, Vanderbilt cobraba 300 por pasaje de primera, y 180 por el de segunda, en la Compañía Accesoria del Tránsito.

En los vapores de su línea naviera, los pasajeros iban de Nueva York y Nueva Orleans hasta San Juan del Norte, puerto de Nicaragua en el Atlántico; allí tomaban vaporcitos fluviales en los que remontaban las 120 millas del Río San Juan hasta llegar al puertecito de San Carlos, en la ribera oriental del Lago de Nicaragua. Luego, en vapores medianos, cruzaban las 55 millas que hay desde allí hasta la Bahía de La Virgen, en la ribera occidental del Cocibolca.

La etapa final —de La Virgen a San Juan del Sur— se hacía en mula, a pie o en diligencias tiradas por mulas o bueyes. Mark Twain realizó este viaje de 12 millas durante tres horas y media en una diligencia sucia y despintada, pero en el sentido inverso, es decir, de San Juan del Sur a La Virgen, y describe el viaje como “un divertido resbalón a través del istmo”.

Arriba el primer vapor al lago
El primer barco a vapor que superó los raudales del Río San Juan, llegando a las costas del Gran Lago, fue “El Director”. El primero de enero de 1851 arribó al puerto de Granada, trayendo a bordo al Coronel White.

Con capacidad para 250 personas, “El Director” provocó un generalizado optimismo. Poco después de su arribo —informó el Prefecto Fermín Ferrer— “la población entera de Granada se agolpó a las márgenes del lago, y con un vértigo de alegría conoció, por primera vez, este mecanismo ingenioso desarrollado en el presente siglo”. Aludía, naturalmente, al barco de vapor o de ruedas. Antes de 1849, la navegación en el Lago de Nicaragua se hacía exclusivamente por medio de embarcaciones de vela.

Veinticinco días más tarde, Cornelius Vanderbilt se dirigía desde Granada al Director Supremo, Norberto Ramírez para informarle el motivo de su presencia: la comprobación de que el istmo nicaragüense constituía “la vía mejor y más susceptible del canal” y del tránsito. Así lo ratificó el periódico “Correo del Istmo”, al detallar que por la misma ruta, sólo en la tercera semana de enero de 1851 pasaron unos 500 pasajeros.

Vanderbilt, quien se hallaba en Rivas, había llegado a San Juan del Norte en el vapor de su propiedad “Prometheus”. Su Accesory Transit Company, en consecuencia, fue inaugurado con un viaje que, partiendo de Nueva York, concluyó en San Francisco de California, e1 30 de agosto de 1851.

En total, de 1851 a 1857 transitaron por la Ruta de Nicaragua, del Atlántico al Pacífico, 56,812 pasajeros, y del Pacífico al Atlántico, 50,803.

El oro en California favoreció temporalmente la economía del país. La población minera de aquella región, no pudiendo encontrar lo necesario para alimentarse, hizo que vinieran a nuestras costas barcos en busca de víveres.

Sólo en 1850 por el puerto de El Realejo se exportaron 16,000 quintales de maíz y 14,000 de arroz; 11,992 galones de miel de abejas, 80,000 varas de tablas de cedro y 110,000 puros, entre otros artículos. Pero la presencia de la Accesory Transit Company sería fatal. “Se mete en todo el tránsito sin respetar la ley”, denunció un ciudadano de Rivas que sería presidente: Evaristo Carazo. En última instancia, lo demostraron los hechos, estimuló el filibusterismo.

Infraestructura de la intrusión filibustera de Walker
En junio de 1852 la Compañía Accesoria del Tránsito repartió dividendos a sus socios, sin deducir el 10% que correspondía a Nicaragua; en realidad, nunca lo pagó, pese a los intentos de arreglo del Presidente Fruto Chamorro. Y en 1854, la misma compañía de Varderbilt reconoció al Gobierno revolucionario de León —durante la guerra civil que estalló ese año—. En 1855 sirvió de infraestructura a la usurpación filibustera de William Walker.

Según David I. Folkman, la intrusión walkerista impidió que la Ruta de Nicaragua superara a la de Panamá, fortalecida en 1855 con la inauguración del primer ferrocarril interoceánico del continente. “Una administración exitosa —asegura— hubiera dado mucho dinero al Fisco nicaragüense y el contrato no hubiera sido anulado [...] Siete años de disputas transcurrieron hasta que la ruta —en 1864— pudo volver a ponerse en pie, pero era demasiado tarde para que recobrara el vigor original”.

La llegada de Mark Twain

Es en ese momento, e129 de diciembre de 1866, cuando arriba al puerto de San Juan del Sur, en el Pacífico de Nicaragua, el joven de 31 años, que entonces era Samuel L. Clemens, conocido posteriormente como Mark Twain, a quien lo sorprende el Año Nuevo de 1867 navegando por el Lago de Nicaragua de La Virgen a San Carlos.

Twain había sido piloto desde los doce años en el Río Mississippi, y cuando vino a Nicaragua no había publicado ningún libro. Apenas escribiría en 1867 “The Celebrated Jumping Frog” (“La rana saltarina del Condado de Calaveras”).

En versión de Luciano Cuadra, Twain dejó escrito: “Teníamos derecho a escoger la diligencia en que haríamos el viaje de doce millas que hay de San Juan del Sur a La Virgen (…) Nos metimos en una de las más grandes diligencias de un rojo desteñido, tirada por cuatro caballos cholencos. El cochero comenzó de inmediato a sacudirlos y apalearlos, y también a maldecirlos como loco furioso en un inmundo español (…)”.

El primer anuncio gringo en Nicaragua

Y continúa: “La primera cosa que los hombres vieron fue, pero sin saber qué cosa era: un mojón tal vez, una cruz, o quizá la modesta lápida de algún desventurado aventurero americano. Pero no, no era nada de eso; al acercarnos vimos clavado en un árbol un letrero que decía: ‘Compre una camisa Ward!’ era, pues, simplemente uno de esos abusos en que se refocilan los mercachifles de mi tierra dueños de la camisería de esa marca. Y pensar, que gente como esa invade los lugares más sagrados con sus anuncios canallas para desnaturalizar los paisajes en que uno podría extasiarse”.

Doncellas achocolatadas

“Casi doscientas yardas, pasábamos ranchitos con ventas atendidas por muchachas de pelo negrísimo y relampagueantes ojos, que de pie antes las bateas nos miraban pasar en actitudes como de agraciada indolencia, chavalas éstas de color de baqueta y vestidas siempre lo mismo: una sola bata suelta de zaraza con estampados chillones, recogida arriba de los pechos y de volante fruncido. Tienen dientes blancos y caras bonitas de sonrisa ganadora (…) estas doncellas achocolatadas venden café, té y chocolate, bananos, naranjas, piñas, huevos cocidos, guaro aborrecible, mangos, jícaras labradas y hasta monos, y los precios son tan módicos que, a pesar de órdenes y reconvenciones en contrario, los pasajeros que en el vapor venían en tercera se atiborraron de toda clase de bebidas y comidas.

El camino era suave, plano y sin lodo ni polvo, y el paisaje ameno, aún cuando no llegaba a maravillar. Los cuatrocientos viajeros que éramos, unos a caballo, otros en mulas, y otros más en diligencias tiradas por cuatro mulitas, formábamos la más bizarra, astrosa y extraña comparsa que yo jamás hubiera visto.”

El viajero, de cuyo estilo vivo, directo y oral procede la narrativa norteamericana moderna, cruzó en diligencia la carretera del Tránsito —o sea, la estrecha faja del Istmo de Rivas— para llegar al pequeño embarcadero de La Virgen.

Allí tomó el vapor “San Francisco” de la Compañía Accesoria del Tránsito, en el cual surcó el Gran Lago de Nicaragua, el primero de enero de 1867, desembarcando en San Carlos, catorce horas después, el 2 de enero.

Luego bajó por el Río San Juan, recorriendo sus 120 millas hasta llegar a otro puerto y bahía en el Atlántico: San Juan del Norte. De allí Twain transbordó a otro vapor más grande que lo condujo a Nueva York.

Los volcanes gemelos

Twain describe las peripecias e impresiones de su viaje por esta ruta, en buena parte paradisíaca, cuando el cólera azotaba nuestro país. Pero ni esa amenaza, ni el rudimentario menú de los vapores (sándwiches), pudieron opacar su humor y sensibilidad ante la belleza del paisaje nicaragüense.

Al Concepción y al Maderas los reconoció como “Volcanes gemelos, maravillosas pirámides arropadas en un verde fresco y suavísimo, veteadas sus faldas de luces y de sombras; sus cimas perforan las errabundas nubes, parecen los volcanes apartados del vértigo del mundo, tan tranquilos así como están inmersos en sueños y en reposo”.

Durante su travesía por el río, para él un paraíso despoblado, se fue desplegando ante él “la encantadora belleza de sus contornos. Todos cautivados miramos largo rato y en suspenso la maravillosa que se abría en frente y a los lados. Pero, al fin cesó el embrujo y se oyó un rebullicio de animadas pláticas y comentarios salpicados de exclamaciones exaltadas”.

En San Juan del Norte

Al arribar a San Juan del Norte constató sus doscientas casas viejas de madera y algunos hermosos predios vacíos y con sus mil ochocientos habitantes: “un mosaico de nicaragüenses, estadounidenses, españoles, alemanes, ingleses y negros jamaicanos. Casi todos éstos tienen venta de puros y guaro, frutas y hamacas de cabuya. Todo muy barato, y hasta vinos y otros artículos importados, pues los derechos de aduanas son bajos (…) engalanan el pueblos unos cuantos cocoteros, lo bordean chaparrales, y por donde quiera sonríen entre la grama los botones rosados de las mimosas”.

Por lo demás, el personaje Mr. Brown, a que continuamente alude Twain en sus dos cartas, es ficticio: creación del autor. Y los datos históricos que aporta son numerosos y valiosos. Entre ellos, cabe citar el consumo ya desarrollado del café, y la fluida circulación de la moneda norteamericana —especialmente el dime o diez centavos—, ambos fenómenos impulsados por la Ruta del Tránsito.


FUENTE. JORGE E ARELLANO /   LIC:RENE DAVILA/27090011

HORACIO NELSON Y EL CASTILLO.



En el marco de la lucha entre las potencias colonialistas de Europa, la provincia española de Nicaragua fue escenario de la expansión inglesa. Desde el siglo XVI el comercio inglés se enfrentaba al monopolio español en las Indias.

En el siglo XVII, Oliverio Cronwell concibió la organización de un imperio británico en las mismas Indias. Pero en el XVIII el poderío inglés se proyectó a plenitud. Por eso ejecutaron dos invasiones formales a nuestra provincia: una en 1762 (en la que tuvo lugar la hazaña de Rafaela Herrera); la otra en 1780.

El intento de 1774

Pero antes se había intentando un ataque que Jerónimo Vega y Lacayo, Sargento Mayor de la Plaza de Granada en 1759, consignó ese año en un impreso sobre los puertos del Reino de Guatemala, cuya “llave” —según él— era su ciudad natal.

Preparado desde Jamaica, con el fin de apoderarse de ella (la ciudad y puerto lacustre de Granada), ese intento lo había neutralizado el Capitán General de Guatemala, Thomas de Rivera, quien dispuso de inmediato que el Maestre de Campo José Antonio Lacayo de Briones, abuelo de Vega y Lacayo, auxiliase El Castillo de la Inmaculada Concepción con dos compañías de 50 hombres cada una.

En consecuencia, Lacayo y Briones se embarcaron hacia El Castillo el 3 de abril de 1745, reparó sus muros, profundizó sus fosos y contrafosos, construyó una nueva batería, lo abasteció de suficientes víveres y proveyó de municiones y pertrechos. Enterados de esta defensa, los ingleses desistieron de su proyecto.

El Plan Smith

Sin duda, el Lago de Nicaragua ofrecía el espacio más estratégico y vulnerable de atacar a los españoles. “Es por esta razón —escribía Bryan Edwards— un objeto de la más alta importancia para la Gran Bretaña; y, para decirlo de una vez, es aún más precioso que la posesión de Gibraltar”. De ahí que en 1769 haya surgido el Plan Smith consistente en la posesión de la hoy Bahía de Salinas, la toma de la Villa de Rivas y su fortificación inmediata para establecerse en ella, cortar la comunicación de Granada con el fuerte de la Inmaculada y así rendir éste, enviando fuerzas desde la propia Inglaterra a la costa de Mosquitos.

Con los planes levantados por los generales Hodgson y Lee del Lago y del territorio de Nicaragua —conducidos a Londres por Smith—, el Plan tenía como objetivo inmediato extender los dominios británicos por toda Centroamérica.

Ya no se trataba de las eventuales incursiones predatorias de los zambos-mosquitos —iniciadas en 1704—, sino de invasiones directamente dirigidas y financiadas por la monarquía inglesa. La de 1762 no pudo tomarse El Castillo; la de 1780 lo hizo, pero no logró avanzar por impedirlo las enfermedades tropicales.

Derivada del Plan Smith, esta segunda invasión a Nicaragua se inscribía en el contexto del Pacto de Familia entre Francia y España —los reyes de ambas monarquías eran Borbones— durante el reinado de Carlos III. En 1779, pues, España declaró la guerra a Inglaterra. Y el 24 de octubre del mismo año ya había sido tomada por los ingleses, al mando del capitán Dalrymple, la fortaleza de Omoa en Honduras.

Más de tres mil invasores

La expedición financiada por comerciantes jamaiquinos, traía más de 3,000 hombres: 2,000 soldados veteranos, aparte de civiles, zambos y mosquitos.

Su comandante era el Brigadier General Stephen Kemble, a quien el gobernador de Jamaica, John Dalling, le había dado instrucciones detalladas para asestar un golpe mortal a la monarquía española. Secundaban a Kemble los coroneles John Polson, William Dalrymple, Sir Alexander Leigh y Horacio Nelson. Era la primera vez que éste mandaba una embarcación de guerra. Tenía 22 años.

Los ingleses salieron de Jamaica el 4 de marzo de 1780, y veinte días después llegaron a San Juan de Nicaragua, internándose en las fragatas Resource, Horatio, Pilgrim, Hinchinbrake y Minona de 36, 32, 28, 24 y 20 cañones respectivamente.

El 9 de abril la fuerza invasora venció a los defensores de la isla Bartola, donde el gobernador de Nicaragua, Juan de Ayssa había colocado 5 cañones y 16 soldados. Aunque fueron echados a pique dos botes con 60 hombres que intentaron asaltar la trinchera, doscientos ingleses vadearon la retaguardia y cayeron sobre la isla con bastante ímpetu.

La toma del Castillo el 29 de abril de 1780

El 11 de abril el invasor apareció frente al Castillo, en una punta alta llamada Padrastro de las Cruces, abriendo el fuego que se prolongó hasta el día siguiente. El 13 duró el cañoneo 14 horas. El 14, 15, 16 y 17 continuaron los fuegos que se suspendieron el 18.

Dedicados a reparar sus baterías y a preparar el asalto, los ingleses se limitaron a disparar sus fusiles. El 19, a las cuatro de la tarde intentaron tomarse El Castillo, pero un cañoneo español se los impidió.

El 20, no sin hacer fuego, perfeccionaron sus trincheras. El 21 la guarnición del Castillo rompió los fuegos sin recibir respuesta sino hasta por la tarde cuando auxiliados por piraguas, sus enemigos se lanzaron a tomar la fortaleza. Ésta se rindió ocho días después: a las cinco de la tarde del 29 de abril de 1780 al coronel Polson. Diecinueve días había durado la defensa.

Se rindieron 235 personas, incluyendo 17 mujeres, 13 niños, 6 esclavos (hombres, mujeres y niños), 17 artilleros, 31 soldados españoles y 61 negros. En la capitulación firmada por el coronel Polson —Comandante en Jefe de los ingleses— y Juan de Ayssa, —Comandante de El Castillo— el mismo 29 de abril, fue reconocida la gallarda defensa de la fortaleza que mantuvo el gobernador de Nicaragua, razón por la cual Polson permitió a la guarnición salir marchando a banderas desplegadas, mechas encendidas y redobles de tambores.

También permitió que llevaran consigo los ornamentos y efectos necesarios para su culto religioso, aceptó tratarla como prisionera de guerra, con humanidad y decencia y prometió “mantener a los zambo-mosquitos dentro de los límites de la moderación”.

Trágico fin de prisioneros en Jamaica

Once soldados perecieron durante el sitio y 105 por disentería, después de la rendición, de manera que los prisioneros capturados por los ingleses fueron enviados a San Juan de Nicaragua el 3 de mayo. Éstos sumaban 45, pues tres milicias se habían despachado a Granada y Guatemala como correos. El más importante prisionero era Juan de Ayssa, recibido por Kemble en el mismo San Juan de Nicaragua (o del Norte, como luego se conocería).

De allí, tras intentarlo dos veces, partió el buque Monarch con 45 defensores del Castillo hacia Santiago de Cuba. Al arribar a Sabanalamar, puerto de Jamaica, el Monarch fue hundido por un huracán, habiéndose salvado únicamente Ayssa y los oficiales Pedro Brizzio, Antonio Antoniotti, Gabino Martínez y Joaquín de Isasi. Los cinco retornarían a la provincia a principios de 1781. Cuarenta murieron ahogados.

El 12 de mayo ya Polson tenía ocho prisioneros indios de la Isla de Ometepe, dos de ellos pilotos en el lago al servicio del rey de España (Baltasar Condega y Antonio Redombes).

Polson les dijo que el rey de Inglaterra no había enviado su ejército a hacer la guerra a los pobres indios, sino a redimirlos de la esclavitud de los españoles; que si permanecían quietos no serían molestados en sus personas ni propiedades, antes bien, las armas de Inglaterra los protegerían y que vivirían libres de tributo.

Condega y Redombes fueron interrogados, lo mismo que el soldado español Juan Paulino (con cincuenta años de vivir en El Castillo) y el negro espía Francisco Yore.

El interrogatorio a Francisco Yore

Por ellos se averiguó que las lluvias comenzaban en los primeros días de mayo y terminaban en noviembre; septiembre y octubre eran los meses más lluviosos. Que los caminos eran buenos entre Rivas, Granada y Managua, pero eran mejores los mulares.

Los habitantes estaban muy mezclados en toda la provincia. Se alimentaban de maíz, frijoles, carne de res y puerco. Los ribereños recibían artículos de Europa por el lago, y harina de trigo de Guatemala, acarreada por mulas.

De San Carlos a Granada la navegación duraba tres días con buen viento. En Granada residían, según Yore, seis mil personas, pero no estaba seguro del dato.

En Ometepe habitaban mil distribuidos en dos pueblos: uno de indios y otro de mestizos, éste junto al lago; sólo un español vivía allí: el cura.

Respecto al fuerte de San Carlos (sin decir que así se llamaba), Yore agregó que estaba defendido por 12 cañones montados, 2 de calibre 12 y 10 de 8. Lo defendían 50 soldados regulares blancos, tres artilleros y doce negros. El resto de negros y mestizos eran como 500 y 150 soldados regulares, cuya llegada estaban esperando. Había como 100 enfermos y el lugar era tan insalubre como El Castillo.

Toda la milicia estaba armada con mosquetes. Granada sólo estaba defendida por arroyos. Rivas carecía de fortificación alguna, al igual que las islas del lago.

Nelson y su actuación

En cuanto a la actuación de Horacio Nelson (futuro Lord Nelson of the Nile y vencededor de Trafalgar) llamó la atención de sus superiores por sus grandes cualidades militares y humanas. Al partir a Jamaica el 30 de abril —al día siguiente de la rendición del Castillo— escribió Polson a Dalling: “El capitán Nelson, entonces en el Hechimbroke, arribó con 34 marinos, un cirujano y 12 infantes de marina. Me faltan palabras para expresar lo que debo a ese caballero. Él era el primero en cualquier comisión, ya de día o de noche; apenas hubo cañón que no fuera dirigido por él o por el Lugarteniente Despard, jefe de ingenieros…”

Desastre y retiro de los ingleses
A los ingleses no les fue mejor. Su tardanza en la toma del Castillo permitió a los españoles fortificarse en la boca del lago (el fuerte San Carlos), operación que no afectó a los invasores, ya que no pasaron de la fortaleza capturada. Pero el extravío de algunos botes, el retiro de los zambos-mosquitos (a quienes Polson negó tomar a los españoles como esclavos), más la escapatoria de Condega y Redombes, las lluvias, la insalubridad y la mala alimentación (tuvieron que probar carne de mono que les pareció sabrosa) acabaron con la expedición. Enfermos de disentería, optaron por retirarse.

El 13 de mayo los soldados estaban desnudos, sin camisa, ni pantalones, ni zapatos. Entre el 21 del mismo mayo y el 9 de junio, todos los oficiales ingleses cayeron enfermos. Las tiendas se hallaban en tan mal estado que no detenían el agua de lluvia. Tuvieron la intención de construir chozas, pero no hubo hombres para hacerlas.

En suma, casi una cuarta parte de los invasores (unos 700 hombres) salió con vida. Los demás (unos mil y pico al menos) fueron obligados a huir enfermos de muerte, en su mayoría. Pocos se quedaron en El Castillo hasta finales de 1780. El 26 de noviembre recibieron la orden de evacuarlo y destruirlo con minas. Esta tarea la ejecutó el jefe de ingenieros Edgard Marcus Despard el 2 de enero de 1781. No lo destruyó del todo, sino parcialmente, dejándolo arruinado.

Destinos y tumbas de Nelson y Despard

Mientras Nelson llegaría a ser un héroe nacional, y sus restos descansan en la catedral de San Pablo, el coronel Despard —volador del Castillo— conspiró en 1802 para apoderarse de la Torre de Londres y de la Casa del Parlamento, matar al rey, levantar una insurrección y botar al gobierno.

Fue procesado. Nelson declaró que en la expedición de Nicaragua habían dormido en una misma tienda y que su conducta correspondió a la de un oficial valiente y leal.

Lo condenaron a muerte. Dos años después, ambos dormían casi juntos sus sueños eternos: Nelson, bajo el espléndido monumento de San Pablo; Despard en una tumba sin nombre a la sombra de la misma Catedral, mejor dicho a su lado sur, en la parroquia de St. Faith.



FUENTE:JORGE  E ARELLANO/   LIC:RENE DAVILA/26090011